sábado, 2 de julio de 2022

Luo se reunió con él en la cocina:
—Suéltanos uno o dos libros y nos largamos.
—¿Qué libros? —oí que preguntaba el Cuatrojos, mientras seguía cortando coles o nabos.
—Los que nos prometiste.
—¿Me estás tomando el pelo, o qué? Me habéis traído unas sandeces lamentables, que sólo pueden crearme problemas. ¿Y tenéis la cara dura de presentármelo como…?
De pronto, calló y se lanzó hacia la alcoba con el cuchillo en la mano. Recogió las hojas esparcidas por la cama, se acercó a la ventana para aprovechar mejor la luz y volvió a leerlas.
—¡Dios mío! Estoy salvado —gritó—. Me bastará con cambiar un poco el texto, añadir unas palabras, suprimir otras… Mi cabeza funciona mejor que la vuestra. ¡Sin duda soy más inteligente!
Y sin pensarlo nos hizo una demostración de su versión adaptada y trucada, con el primer estribillo:
Dime:
¿De qué tienen miedo
los pequeños burgueses?
De la ola bullente
del proletariado.
Dando un fulgurante respingo, me levanté y me arrojé sobre él. Sólo quería arrebatarle las hojas, impulsado por la cólera, pero mi gesto se transformó en un fuerte puñetazo en el rostro, que lo hizo vacilar. La parte posterior de su cabeza golpeó el muro, rebotó, el cuchillo cayó y su nariz comenzó a sangrar. Quise recuperar nuestras hojas, hacerlas pedazos y metérselas en la boca, pero no las soltó.
Como hacía tiempo que no me peleaba, tuve un momento de indecisión y no comprendí lo que ocurría. Le vi abrir la boca de par en par, pero no oí su aullido.
Cuando volví en mí, Luo y yo estábamos sentados junto a un sendero, bajo una roca. Luo señaló mi chaqueta Mao, manchada con la sangre del Cuatrojos.
—Pareces un héroe de película de guerra —me dijo—. Ahora, Balzac se ha terminado para nosotros.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

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