—¿Sí? A mí me habló mucho de su gran belleza. Elisabeth no contestó.
—¿No le gusta?
—No me gusta que se hable de esta supuesta belleza.
—Usted es muy bella.
Elisabeth, un tanto insegura, dijo:
—No le suponía de esos que hacen la corte a las mujeres. Es más inteligente de lo que creía, pensó Bertrand, y replicó:
—Yo no dejaría que mis labios pronunciaran esta horrible expresión, ni siquiera en el caso de que quisiera ofender. Pero yo no le hago a usted la corte; usted sabe de sobra lo hermosa que es.
—Entonces, ¿por qué me lo dice?
—Porque no la volveré a ver. Elisabeth le miró sorprendida.
—Naturalmente a usted no le gusta que se hable de su belleza, porque tras el galanteo presiente una petición de mano. Pero si me voy y no la veo nunca más, lógicamente no puedo pedir su mano y tengo derecho a decirle cosas bonitas.
Elisabeth no pudo contener la risa:
—Es espantoso que sólo puedan oírse cosas bonitas en boca de un extraño.
—Por lo menos solo pueden creerse cuando las dice un extraño. En la familiaridad reside de antemano un germen de injusticia e insinceridad.
—De ser cierto esto, sería realmente terrible.
—Claro que es cierto, pero no es ni mucho menos terrible. La familiaridad es la manera más alevosa y en realidad más vil de pretender la mano de una mujer. En lugar de decirle a usted sencillamente que se la desea porque es muy hermosa, se intenta primero deslizarse subrepticiamente en su confianza, para apoderarse en cierto modo de usted casi sin que se dé cuenta.
Elisabeth reflexionó un momento, luego dijo:
—¿Y no se oculta algo brutal tras sus palabras?
—No, puesto que me marcho… El extraño tiene derecho a decir la verdad.
—Tengo miedo a todo lo extraño.
Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch
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