miércoles, 27 de julio de 2022

El barón había aprovechado de nuevo la ausencia de sus dos damas o, como decía a veces para orgullo de Elisabeth, de sus dos mujeres, para introducir en la casa diversas mejoras y embellecimientos, que encantaron a Elisabeth y a su madre e hicieron al barón acreedor de toda suerte de elogios y tierno agradecimiento. Podían sentirse orgullosas de los conocimientos artísticos de papá, que no respetaba excesivamente lo antiguo y había agregado toda clase de adornos a la vieja casa señorial, aunque sin limitarse a lo arquitectónico, sino teniendo bien presente que siempre hay en las paredes espacio para un nuevo cuadro, un rincón que puede embellecerse con un pesado jarrón, un aparador que requiere un tapete de terciopelo bordado en oro, y él era el hombre que se ocupaba de esto. Desde su boda el barón y la baronesa se habían convertido en coleccionistas y las continuas mejoras de su hogar fueron la prolongación de su noviazgo, incluso después del nacimiento de la hija. A Elisabeth no se le ocultaba que la pasión de sus padres por celebrar con regalos las diversas festividades del año, por festejar los cumpleaños y prepararse siempre nuevas sorpresas encerraba un significado más profundo y tenía una honda aunque difícilmente inteligible relación con la alegría, casi podría decirse obsesión, de rodearse siempre de nuevos objetos; Elisabeth no sabía que todo coleccionista, en su intento del absoluto nunca alcanzado, nunca alcanzable, pero siempre perseguido de una colección sin fallos, lo sobrepasa y va hasta lo infinito, y que, fundiéndose en su colección, confía en alcanzar su propio absoluto y la revocación de su muerte. Elisabeth no lo sabía, pero rodeada de todos aquellos objetos bellos y muertos, que se amontonaban a su alrededor, rodeada de tantos hermosos cuadros, intuía sin embargo que los cuadros colgaban de las paredes como para reforzar los muros, y le parecía que todas las cosas muertas salvaguardaban algo muy vivo, algo que tal vez encubrían y protegían, algo a lo que ella misma estaba tan unida que a veces pensaba, al ver un cuadro nuevo, que se trataba de un hermano pequeño, de algo que buscaba protección y que los padres protegían, como si de ello dependiera su existencia en común: presentía el miedo que había detrás y que pretendía acallar lo cotidiano, el envejecer, a base de festejos, miedo que necesitaba convencerse continuamente —sorpresa siempre nueva— de que seguían vivos, de que habían nacido, de que estaban definitivamente unidos y su círculo para siempre cerrado.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

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