miércoles, 27 de julio de 2022

Después bebió varios vasos de vino uno tras otro y declaró que se sentía mejor; llenó el vaso del pastor: «Beba, reverendo, beba. Cuando uno bebe, entra en calor, y cuando uno ve doble, está menos solo». «Aquel que está con Dios nunca está solo, señor Von Pasenow», replicó el pastor, y el señor Von Pasenow consideró esta respuesta como un reproche y una falta de tacto. ¿No había dado él siempre a Dios lo que es de Dios y al César, mejor dicho, al rey, lo que le correspondía?: un hijo está al servicio del rey y no escribe, y al otro se lo ha llevado Dios y alrededor todo está vacío y frío. Sí, al pastor le era fácil hablar con altanería; tenía la casa llena, demasiado llena para su situación y ahora esperaba algo más. En su caso era fácil estar con Dios. Le hubiera gustado decírselo al reverendo, pero no podía enemistarse con él, porque quién le quedaría, si nadie quería saber nada de él, excepto… mas la idea ya casi visible desapareció, se escondió, y el señor Von Pasenow dijo dulce y soñador: «En el establo de las vacas hace calor». La señora Von Pasenow miró asustada a su marido: ¿habría bebido el vino demasiado aprisa? Pero el señor Von Pasenow se había levantado y escuchaba por la ventana; si la lámpara no hubiera alumbrado solamente la mesa, la señora Von Pasenow habría visto una expresión asustada y expectante en su rostro, expresión que desapareció cuando se oyeron los pasos del vigilante sobre la gravilla. El señor Von Pasenow se acercó a la ventana, se inclinó hacia fuera y gritó: «Jürgen». Y cuando el pesado paso de Jürgen se detuvo ante la ventana, el señor Von Pasenow le ordenó que cuidara de los graneros, «hace justamente doce años, en una noche cálida como ésta, se nos quemó el granero grande en la alquería».
Y cuando Jürgen recuerda obediente lo ocurrido y dice «No hay cuidado», todo regresa para la señora Von Pasenow al ámbito de lo habitual y rutinario, de modo que tampoco le llama la atención que el señor Von Pasenow les dé las buenas noches, para escribir todavía una carta que tiene que salir en el correo de la mañana. Ya en la puerta se volvió: «Dígame, reverendo, ¿por qué tenemos hijos? Usted ha de saberlo, tiene mucha práctica». Y se alejó rápido con una risita, pero un poco como un perro que anduviera en tres patas.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

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