Con algo de apuro y un ligero rubor el cuarto de Elisabeth fue expuesto a las miradas masculinas, pero más que esas nubes de blancos encajes que cubrían la cama, las ventanas, el lavabo y el espejo, fue para Joachim vergonzosa y penosa la visión del dormitorio de matrimonio; casi llegó a sospechar que de este modo la baronesa quería obligarle a convertirse en confidente de la casa y cómplice de su vergüenza. Porque allí ante sus ojos, ante los ojos de todos, patente para Elisabeth, a quien él sentía abrumada y violentada por tal conocimiento, cama con cama, a punto para las funciones sexuales de la baronesa, que ahora él veía ante sí, no precisamente desnuda, pero con sus aires de gran dama perdidos y como desgarrada, allí estaba aquel dormitorio, y la habitación se le aparecía de pronto como el centro de la casa, como el altar oculto y sin embargo visible alrededor del cual se había construido todo lo demás. Y también vio de repente con claridad que en todas las casas de aquella larga hilera de villas ante las cuales había pasado, un dormitorio semejante era también el centro, y que las sonatinas y estudios que se escuchaban a través de las abiertas ventanas, tras las cuales el viento primaveral agitaba suavemente los blancos cortinajes, sólo servían para encubrir la verdadera situación. Así pues, cada noche se preparan en todas partes las camas para los señores con las sábanas que hipócritamente se doblan en el cuarto de plancha, y la servidumbre y los niños saben a qué fin se destinan; en todas partes los criados y los niños duermen castamente y desparejados en torno al apareado centro de la casa, honestos y castos, pero al servicio y bajo las órdenes de los impúdicos y desvergonzados. ¿Cómo se había podido atrever la baronesa, al ponderar las ventajas del barrio, a incluir la cercanía de la iglesia en estas alabanzas?
¿No tenía ella que pisar la iglesia en último lugar, o, por así decirlo, descalza? Tal vez Bertrand se refería a esto, cuando habló de la irreligiosidad, y Joachim comprendió que los negros paladines de Dios caerían a sangre y fuego sobre estos desechos humanos, a fin de restablecer la verdadera castidad y el cristianismo verdadero. Miró a Elisabeth y creyó leer en sus ojos que compartía su indignación. Y el hecho de que ella pudiera estar destinada a una profanación similar, y de que él mismo tuviera tal vez que llevar a cabo esta profanación, le enterneció de tal modo que hubiera querido raptarla, sólo para montar guardia ante su puerta y para que ella, sin ser ultrajada ni molestada, soñara eternamente un sueño de encajes blancos.
Acompañado amablemente por las damas hasta la planta baja, se despidió con la promesa de volver pronto. Ya en la calle, adquirió conciencia de la vacuidad de esta visita; pensó en cuánto aterrarían a estas damas las palabras de Bertrand, y deseó incluso que alguna vez pudieran escucharlo.
Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch
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