jueves, 7 de julio de 2022

Cada vez que pienso en él, recuerdo una anécdota que me contaron: cierto día, los guardias rojos registraron su casa y encontraron un libro oculto bajo la almohada, escrito en una lengua extranjera que nadie conocía. La escena no dejaba de parecerse a la de la pandilla del cojo en torno a El primo Pons. Fue preciso enviar el botín a la Universidad de Pekín para saber, finalmente, que se trataba de una Biblia en latín. Le costó muy caro al pastor pues, desde entonces, estaba obligado a limpiar la calle, siempre la misma, de la mañana a la noche, ocho horas diarias, hiciera el tiempo que hiciese. Acabó así convirtiéndose en un adorno móvil del paisaje.
Ir a consultar al pastor sobre un aborto me parecía una idea descabellada. ¿No estaría perdiendo los papeles por culpa de la Sastrecilla? De pronto, advertí con sorpresa que desde hacía tres días no había visto ni una sola vez la melena plateada del viejo limpiador de calle, con sus gestos mecánicos.
Pregunté a un vendedor de cigarrillos si el pastor había terminado con su tarea.
—No —me dijo—. Está a dos dedos de la muerte, el pobre.
—¿De qué está enfermo?
—Cáncer. Sus dos hijos regresaron de las grandes ciudades donde viven. Lo han ingresado en el hospital del distrito.
Corrí sin saber por qué. En vez de atravesar lentamente la ciudad, me lancé a una carrera que me hizo perder el aliento. Llegado a la cima de la colina donde se levantaba el edificio de las hospitalizaciones, decidí probar suerte y arrancarle un consejo al pastor moribundo.
En el interior, el olor de los medicamentos mezclado con la hediondez de las letrinas comunes, mal limpiadas y con el humo y la grasa, me subió a la nariz y me asfixió. Aquello parecía un campamento de refugiados de guerra: las habitaciones de los enfermos servían también de cocinas. Cacerolas, tablas para cortar, sartenes, verduras, huevos, botellas de salsa de soja, de vinagre, de sal esparcidos anárquicamente por el suelo junto a las camas de los pacientes, entre los orinales y los trípodes de los que colgaban las botellas de transfusión sanguínea. A la hora de comer, algunos pacientes, inclinados sobre humeantes cacerolas, metían dentro sus palillos y se disputaban los fideos; otros salteaban tortillas, que chisporroteaban y chasqueaban en el aceite hirviendo.
Aquel paisaje me desconcertaba. Ignoraba que en el hospital del distrito no hubiese cantina y que los pacientes tuviesen que arreglárselas solos para alimentarse, aunque estuvieran impedidos por sus enfermedades, por no hablar de aquellos cuyos cuerpos estaban quebrantados, deformes, incluso mutilados. Era un espectáculo tumultuoso, sin pies ni cabeza, el que ofrecían aquellos cocineros apayasados, coloreados por los emplastos rojos, verdes o negros, con sus apósitos medio deshechos que flotaban en el vapor sobre el agua hirviendo en las cacerolas.
Encontré al pastor agonizante en una habitación de seis camas. Llevaba un gota a gota, y estaba rodeado de sus dos hijos y sus dos nueras, todos de unos cuarenta años, y una mujer anciana que lloraba mientras le preparaba la comida en un hornillo de petróleo. Me deslicé junto a ella y me agaché.
—¿Es usted su mujer? —le pregunté.
Inclinó la cabeza afirmativamente. Su mano temblaba tanto que cogí los huevos y los casqué por ella.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

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