Tal vez la respuesta no interese a Geissler, o tal vez no la haya oído, pues prosigue: —De modo que he venido a comprar las piedras que vendí. La última vez dejé la venta en manos de mi hijo, es un joven de tu edad y, por lo demás, nada. Él es el rayo de la familia, yo soy la niebla. Soy de esos que saben qué es lo correcto, pero que hacen justo lo contrario. Pero él es el rayo, por el momento presta sus servicios a la industria. Fue él quien vendió por mí la última vez. Yo soy algo y él no, solo es el rayo, el hombre veloz de nuestro tiempo. Pero el rayo como tal es algo estéril. Pensemos en vosotros, la gente de Sellanrå, vosotros contempláis todos los días las mismas montañas azules, no son inventos, sino viejas montañas profundamente arraigadas en el pasado, y son vuestras amigas. El cielo y la tierra os acompañan en vuestros quehaceres y os fundís con ellos, os fundís con todo esto tan extenso y tan enraizado. No necesitáis empuñar una espada, pasáis por la vida sin cubriros la cabeza ni las manos, en medio de una gran bondad. ¡Mira, allí está la naturaleza, os pertenece a ti y a los tuyos! El hombre y la naturaleza no se bombardean el uno al otro, sino que se dan la razón, no compiten, no persiguen nada, se acompañan. En medio de todo eso, vivís la gente de Sellanrå. Las montañas, el bosque, las ciénagas, los prados, el cielo y las estrellas no son pobres y comedidos, sino inmensos y sin fin. Escúchame, Sivert: ¡Puedes estar satisfecho! Tenéis todo lo que necesitáis para vivir, tenéis todo por lo que vivir, todo en lo que creer, nacéis y engendráis, sois los imprescindibles de la Tierra. No todo el mundo lo es, pero vosotros sí: los imprescindibles de la Tierra. Sois los que mantenéis la vida. Existís de generación en generación, producís y, cuando morís, os sucede una nueva. Eso es lo que quiere decir vida eterna. ¿Y qué recibís a cambio? Una vida recta, una vida poderosa, una vida marcada por una actitud ingenua y correcta. ¿Y qué recibís a cambio? A la gente de Sellanrå nada ni nadie os subyuga ni os gobierna, tenéis serenidad y autoridad, vivís rodeados de una gran bondad. Eso es lo que tenéis a cambio. Reposáis mamando de un pecho, jugueteando con una cálida mano de madre. Pienso en tu padre, él es uno de los treinta y dos mil. Y tantos otros, ¿qué somos? Yo soy algo, soy la niebla, me muevo de acá para allá nadando, a veces soy la lluvia en un lugar árido. ¿Y los demás? Mi hijo es el rayo, que no es nada, es el resplandor estéril, aunque sabe actuar. Mi hijo es el hombre representativo de nuestra época, cree a pies juntillas en lo que su tiempo le ha enseñado, en lo que el judío y el yanqui le han enseñado; yo sacudo la cabeza, pero no soy nada misterioso, solo en mi familia soy la niebla. De nuevo sacudo la cabeza. Lo que pasa es que carezco de la capacidad de comportarme sin remordimientos. Si hubiera tenido esa capacidad, yo también podría ser el rayo. Ahora soy la niebla.
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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