Pero ¿en qué se había convertido ahora el Marqués del Páramo? En nada más que un ser humano, en un hombre triste y marchito. ¿De qué servía comer bien y tener buenos intestinos si eso no se transformaba en fuerza? Ahora era Sivert el que tenía la fuerza, y gracias a Dios que la tenía. Pero, y ¿si también Isak la hubiera tenido? ¿De qué serviría que sus ruedas empezaran a aflojar la marcha? Había trabajado como un hombre, sus espaldas habían soportado el peso de una bestia de carga; a partir de ahora tendría que soportar la paciencia necesaria para dejarlas reposar en un banco.
Isak está descontento, Isak está triste.
Encuentra un viejo gorro de hule para la lluvia pudriéndose en el suelo. El viento lo había arrastrado hasta allí, hasta la orilla del bosque, o tal vez lo llevaran los chicos cuando eran pequeños. Allí sigue pudriéndose año tras año, pero una vez fue un gorro nuevo, encerado y amarillo. Isak recuerda el día en que lo llevó a casa después de haberlo comprado en la tienda del pueblo, e Inger dijo que era un gorro muy bonito. Un par de años más tarde bajó al pueblo y pidió al pintor que lo dejara negro y reluciente, y la visera pintada de verde. Al volver a casa esta vez, Inger opinó que era aún más bonito que antes. Inger opinaba siempre que todo estaba bien, ay, qué buenos tiempos aquellos, él cortaba leña e Inger miraba, fue su mejor época. Y al llegar los meses de marzo y abril, Inger y él se deseaban con ardor, como los pájaros y los animales del bosque, y al llegar el mes de mayo, él sembraba el grano y plantaba la patata, feliz día y noche. Se trabajaba y se dormía, se amaba y se soñaba, él era como su primer toro, que llegó grande y reluciente, como un rey. Pero los meses de mayo ya no son como aquellos. Ya no.
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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