Muy pronto, la voz del viejo molinero, ronca y profunda a la vez, resonó con mucha fuerza en la estancia. Cantaba, y sus ojos navegaban sin cesar entre el rostro de Luo y el mío, unas veces con amistosa complicidad, otras con una fijeza algo huraña.
He aquí lo que cantó:
Dime:
¿De qué tiene miedo
un viejo piojo?
Tiene miedo del agua que hierve,
del agua que hierve.
Y la joven monja, dime,
¿de qué tiene miedo?
Tiene miedo del viejo monje,
sólo, sólo
del viejo monje.
Soltamos una gran carcajada, Luo primero y luego yo. Intentamos contenernos, claro, pero la carcajada subía, subía y terminó estallando. El viejo molinero siguió cantando, con una sonrisa más bien orgullosa y oleadas de piel plisada en el vientre. Retorciéndonos de risa, Luo y yo caímos al suelo, sin poder detenernos.
Con lágrimas en los ojos, Luo se levantó para coger una calabaza y llenar nuestros tres cubiletes, mientras el viejo cantor acababa su primer estribillo sincero, auténtico y dotado de romanticismo montañés.
—Brindemos primero por su maldito vientre —propuso Luo.
Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie
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