domingo, 26 de junio de 2022

Lo que primero captó nuestra atención fueron los movimientos de su vientre que, durante los primeros segundos, velaron por completo su voz, la melodía y todo lo demás. ¡Qué pasmoso vientre! De hecho, flaco como estaba, no tenía vientre en absoluto, pero su piel arrugada formaba innumerables pliegues minúsculos sobre su abdomen. Cuando cantaba, esos pliegues despertaban, se convertían en pequeñas olitas fluyendo y refluyendo por su vientre desnudo, iluminado, bronceado. El cordel de paja que le servía de cinturón comenzó a ondular locamente. A veces era devorado por el oleaje de su piel arrugada, y no se veía ya; pero cuando se lo creía definitivamente perdido en los movimientos de la marea, emergía de nuevo, digno e implacable. Un cordel mágico.
Muy pronto, la voz del viejo molinero, ronca y profunda a la vez, resonó con mucha fuerza en la estancia. Cantaba, y sus ojos navegaban sin cesar entre el rostro de Luo y el mío, unas veces con amistosa complicidad, otras con una fijeza algo huraña.
He aquí lo que cantó:
Dime:
¿De qué tiene miedo
un viejo piojo?
Tiene miedo del agua que hierve,
del agua que hierve.
Y la joven monja, dime,
¿de qué tiene miedo?
Tiene miedo del viejo monje,
sólo, sólo
del viejo monje.
Soltamos una gran carcajada, Luo primero y luego yo. Intentamos contenernos, claro, pero la carcajada subía, subía y terminó estallando. El viejo molinero siguió cantando, con una sonrisa más bien orgullosa y oleadas de piel plisada en el vientre. Retorciéndonos de risa, Luo y yo caímos al suelo, sin poder detenernos.
Con lágrimas en los ojos, Luo se levantó para coger una calabaza y llenar nuestros tres cubiletes, mientras el viejo cantor acababa su primer estribillo sincero, auténtico y dotado de romanticismo montañés.
—Brindemos primero por su maldito vientre —propuso Luo.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

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