sábado, 25 de junio de 2022

Hacía frío, temblé bajo mi corta chaqueta de piel de cordero. Los aldeanos comían, dormían o llevaban a cabo secretas actividades en la oscuridad. Pero allí, ante mi puerta, no se oía nada. Yo solía aprovechar aquella calma que reinaba en la montaña para hacer ejercicios de violín, pero ahora me parecía deprimente. Regresé a la habitación. Intenté tocar el violín, pero éste soltó un sonido agudo, desagradable, como si alguien hubiera tocado precipitadamente las escalas. Supe de pronto lo que quería hacer.
Decidí copiar, textualmente, mis pasajes preferidos de Úrsula Mirouët. Era la primera vez en mi vida que deseaba copiar un libro. Busqué papel por todos los rincones de la habitación, pero sólo pude encontrar unas hojas de papel de carta, destinadas a escribir a nuestros padres. Opté entonces por copiar el texto directamente en la piel de oveja de mi chaqueta. Ésta, que los aldeanos me habían regalado cuando llegué, estaba hecha por fuera de una maraña de lana de cordero, unas veces larga, otras corta, y tenía la piel desnuda en su interior. Pasé largo rato eligiendo el texto, dada la limitada superficie de mi chaqueta, cuya piel, en algunos lugares, estaba estropeada, agrietada. Copié el capítulo donde Úrsula viaja sonámbula. Hubiera querido ser como ella: poder ver, dormido en mi cama, lo que hacía mi madre en su apartamento, a quinientos kilómetros de distancia; presenciar la cena de mis padres, observar sus actitudes, los detalles de su comida, el color de sus platos, sentir el olor de los manjares, oírles conversar… Más aún, como Úrsula, habría visto, en sueños, lugares donde nunca había puesto los pies…
Escribir con bolígrafo sobre la piel de un viejo cordero de las montañas no era cosa fácil: era áspera, rugosa y, para copiar la mayor cantidad de texto posible en ella, había que adoptar una escritura minimalista, lo que exigía una concentración que superaba las normas. Cuando acabé de garabatear el texto en toda la superficie de la piel, hasta en las mangas, me dolían tanto los dedos que se diría que los tenía rotos. Finalmente, me dormí.
El ruido de los pasos de Luo me despertó; eran las tres de la madrugada. Me pareció no haber dormido mucho tiempo, porque la lámpara de petróleo seguía ardiendo. Lo vi vagamente entrar en la habitación.
—¿Duermes?
—En realidad, no.
—Levántate, voy a enseñarte algo.
Añadió aceite al depósito y, cuando la mecha estuvo en plena combustión, tomó la lámpara en su mano izquierda, se acercó a mi cama y se sentó en el borde, con la mirada ardiendo, el pelo erizado en todas direcciones. Del bolsillo de su chaqueta sacó un cuadrado de tejido blanco, muy bien doblado.
—Ya veo. La Sastrecilla te ha regalado un pañuelo.
No respondió. Pero a medida que iba desplegando lentamente el tejido, reconocí el faldón de una camisa rota, que sin duda había pertenecido a la Sastrecilla, y en la que se había cosido a mano una pieza.
Varias hojas de árbol resecas estaban envueltas en ella. Todas tenían la misma forma hermosa, como alas de mariposa, en tonos que iban del naranja liso al pardo con mezcla de amarillo dorado, pero todas estaban maculadas de oscuras manchas de sangre.
—Son hojas de ginkgo —me dijo Luo con voz enfebrecida—. Un árbol magnífico, plantado al fondo de un valle secreto, al este de la aldea de la Sastrecilla. Hemos hecho el amor de pie, contra el tronco. Era virgen y su sangre ha caído al suelo, sobre las hojas.
Permanecí sin voz durante un buen rato. Cuando logré reconstruir en mi cabeza la imagen del árbol, la nobleza de su tronco, la magnitud de sus ramas y su estera de hojas, le pregunté:
—¿De pie?
—Sí, como los caballos. Tal vez por ello se ha reído luego, con una carcajada tan fuerte, tan salvaje, que ha resonado tan lejos en el valle, que incluso los pájaros han emprendido el vuelo, asustados.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

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