viernes, 3 de junio de 2022

—Entonces tendré que ir. Pues sí, iré, díselo a tu padre. El caso es que tengo tantos asuntos… Acabo de presentarme aquí y le he dicho al ingeniero: «Salude a los señores de Suecia de mi parte y dígales que quiero comprar». Luego ya veremos. A mí me da igual, no tengo prisa. Deberías haber visto a ese ingeniero, cómo ha trabajado con hombres, caballos, dinero, máquinas y locuras, creyendo que estaba haciendo lo correcto. Cuanta más piedra pueda convertir en dinero, mejor; opina que hace algo encomiable con ello, pues consigue dinero para el pueblo, para el país; con él todo se acerca cada vez más a la perdición, pero él no lo ve así, lo que necesita el país no es dinero, el país tiene dinero de sobra; lo que no sobra son hombres como tu padre. ¡Imagínate, convertir el medio en fin y enorgullecerse de ello! Están enfermos y locos, no conocen el arado. Solo conocen los dados. ¿No son encomiables? ¿No se destruyen con su locura? ¡Míralos, apuestan todo! Lo que ocurre es que el juego no es arrogancia, ni siquiera coraje, es miedo. ¿Sabes lo que es el juego? Es el miedo con la frente sudorosa, eso es lo que es. El error que cometen es no querer andar al ritmo de la vida, sino más deprisa, apresurarse, introducirse en la vida como una cuña. Pero luego se les encorva la espalda: ¡deténganse, algo cruje, busquen un remedio, eviten que se les encorve la espalda! Y luego la vida los aplasta con cortesía, pero con determinación. Y empiezan las acusaciones contra la vida, la furia contra la vida. Hay gustos para todo. Algunos tendrán motivos para quejarse, otros no, pero nadie debería rabiar contra la vida. Nadie debería ser severo ni justiciero con ella, todos deberíamos ser misericordiosos y defenderla. ¡No olvides qué clase de jugadores ha de soportar la vida!

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

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