miércoles, 1 de junio de 2022

El colono no perdía la cabeza. El aire que respiraba no era insalubre, tenía público suficiente para lucir su nueva ropa, no echaba de menos los diamantes, y solo conocía el vino por las bodas de Canaán. El colono no sufría por las maravillas que no podía tener: el arte, los periódicos, los lujos, la política, valían exactamente lo que la gente estaba dispuesta a pagar por ellos, nada más, pero las cosechas de la tierra, en cambio, había que lograrlas a cualquier precio, pues eran el origen de todas las cosas, la única fuente. ¿Quién decía que la vida del colono era vacía y triste? ¡Nada más lejos de la verdad! ¡Tenía sus fuerzas superiores en las que refugiarse, sus sueños, sus enamoramientos, su rica superstición! Un día, al anochecer, Sivert pasea por la orilla del río, de repente se detiene, en el agua hay dos patos silvestres, macho y hembra. Lo han descubierto, se han percatado de la presencia del hombre y se inquietan; uno de ellos emite un sonido, es un sonido breve, una melodía en tres tonos, el otro contesta del mismo modo. En ese instante levantan las alas, rodando como pequeñas ruedas dos pasos más arriba en el río, donde se detienen de nuevo. Entonces uno de ellos vuelve a emitir un sonido, y el otro contesta, es igual que la primera vez, pero tan celestial que parece venir de otra parte, lo que emiten lo emiten en dos octavas más alto. Sivert se queda mirando las aves, mira mucho más allá de ellas, y dentro del sueño. Un sonido había navegado por su interior, un goce, y él se quedó con un recuerdo frágil de algo salvaje y delicioso, algo ya vivido, pero borrado. Vuelve a casa en silencio, no habla de ello, no se lo cuenta a nadie, no se puede explicar con palabras de este mundo. Eso le ocurrió a Sivert de Sellanrå, un joven normal y corriente, cuando salió un atardecer.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

No hay comentarios:

Publicar un comentario