De repente renuncia a la barra del carruaje y coge la maza. Es como si la cólera se hubiera apoderado de él, está dispuesto a usar la violencia. Sigue con la gorra ladeada sobre la oreja y pinta de bandido, da unas vueltas amenazadoras alrededor de la piedra como para hacerse respetar, como si esta vez fuera en serio, dispuesto a dejar la piedra hecha añicos. ¿Por qué no iba a hacerlo? No es más que una formalidad destrozar una piedra a la que odias a muerte. ¡Ya vería ella quién de los dos sobreviviría!
Pero entonces Inger vuelve a decir algo, un poco asustada, seguramente consciente de lo que se está fraguando dentro de su marido: —Y si nos tumbáramos los dos sobre el tronco… —se refería a la barra. —¡No! —grita Isak encolerizado. Pero al cabo de una breve reflexión dice: —Bueno, ya que sigues aquí… Pero no entiendo por qué no te vas a casa. ¡Intentémoslo!
Y logran poner la piedra de canto. Lo consiguen. —¡Puf! —dice Isak.
¡En ese momento aparece ante sus ojos algo inesperado! La parte inferior de la piedra es una superficie plana, inmensamente ancha, de un corte precioso, lisa como un pavimento. Esa piedra solo es la mitad de una piedra, la otra mitad estará muy cerca. Isak sabía muy bien que dos mitades de la misma piedra podrían ocupar dos lechos distintos, ya que las heladas podían haberlas desplazado y por ello separado durante años, pero este hallazgo le asombra y le alegra, es una losa de la mejor clase, una piedra para el umbral. Una gran suma de dinero no habría llenado de tanta satisfacción el corazón de este hombre de la tierra. —¡Una piedra magnífica para el umbral! —dice con orgullo. Inger exclama de buena fe: —¡No entiendo cómo podías saberlo! —¡Hum! —dice Isak—. ¿Creías acaso que estaba cavando al tuntún?
Vuelven juntos a casa, Isak disfruta de una admiración no merecida, pero no le sabe muy diferente de las merecidas.
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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