Según decía, la idea se la había dado la lectura del extracto copiado en la piel de mi chaqueta. Un día de descanso, Luo, con el que nos intercambiábamos frecuentemente la ropa, cogió mi chaqueta de piel para ir al encuentro de la Sastrecilla en el lugar de sus citas, el ginkgo del valle del amor. «Después de haberle leído el texto de Balzac, palabra por palabra —me contó—, cogió la chaqueta y volvió a leerlo sola, en silencio. Sólo se oían las hojas que se estremecían sobre nuestras cabezas, y un torrente lejano que corría en alguna parte. Hacía buen día, el cielo era azul, de un azul paradisíaco. Al finalizar su lectura, quedó boquiabierta, inmóvil, con tu chaqueta en las manos, al modo de esos creyentes que llevan un objeto sagrado en sus palmas».
«Ese viejo Balzac —prosiguió— es un verdadero brujo que ha posado una mano invisible en la cabeza de la muchacha; se había metamorfoseado, parecía soñadora. Permaneció unos instantes sin volver en sí, sin poner los pies en la tierra. Y terminó por ponerse tu jodida chaqueta, que por otro lado no le sentaba mal, y me dijo que el contacto de las palabras de Balzac sobre su piel le proporcionaría felicidad e inteligencia…».
La reacción de la Sastrecilla nos fascinó tanto que lamentamos aún más haber devuelto el libro. Pero tuvimos que esperar el comienzo del estío para que se presentase otra ocasión.
Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie
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