domingo, 19 de junio de 2022

Antaño, la montaña del Fénix del Cielo, como ya he dicho, era famosa por sus minas de cobre. (Tuvieron incluso el honor de entrar en la historia de China como generoso regalo del primer homosexual chino oficial, un emperador). Pero aquellas minas abandonadas desde hacía tiempo estaban en ruinas. Las de carbón, pequeñas y artesanales, seguían siendo patrimonio común de todos los aldeanos, y eran explotadas aún, proporcionando combustible a los montañeses. Como los demás jóvenes de la ciudad, Luo y yo no pudimos escapar a esta lección de reeducación que iba a durar dos meses. Ni siquiera nuestro éxito en materia de «cine oral» nos sirvió para retrasar el plazo.
A decir verdad, aceptamos participar en aquella prueba infernal por deseo de «mantenernos en carrera», aunque nuestras posibilidades de regresar a la ciudad fuesen irrisorias y representasen sólo una probabilidad de «tres sobre mil». No imaginábamos que aquella mina iba a dejar en nosotros una huella tan oscura e indeleble, física y, sobre todo, moralmente. Hoy todavía, esas terribles palabras, «la pequeña mina de carbón», me hacen temblar de miedo.
A excepción de la entrada, donde había un tramo de unos veinte metros cuyo techo bajo era aguantado por vigas y pilares hechos con groseros troncos de árbol, sumariamente escuadrados y rudimentariamente dispuestos, el resto de la galería, es decir, más de setecientos metros de corredor, no disponía de protección alguna. Las piedras podían, a cada instante, caer sobre nuestras cabezas, y los tres viejos campesinos mineros, que se encargaban de excavar las paredes del yacimiento, nos contaban sin cesar accidentes mortales que se habían producido en el pasado. Cada cesto que sacábamos del fondo de la galería se convertía, para nosotros, en una especie de ruleta rusa.

Balzac y la joven costurera - Dai Sijie

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