martes, 17 de mayo de 2022

Y ¿qué otra cosa podía hacer Isak que reaccionar con sensatez? Ahora comprendió por qué Inger todas las veces había procurado estar sola durante el parto, soportando sola el gran temor de que el feto naciera con su misma deformidad, esperando sola el peligro. Tres veces había pasado por ese trance. Isak sacudió la cabeza y sintió gran compasión por ella, por su mala fortuna, pobre Inger. Se enteró del episodio de la liebre y la absolvió. Eso creó un gran amor entre los dos, un amor exaltado, se deleitaban el uno al otro en el peligro, ella estaba llena de una salvaje dulzura hacia él, y él, ese leño, ese cavernícola, se volvía loco y la deseaba hasta el infinito. Inger usaba botas de lapón, pero por lo demás no tenía nada de lapona, no era menuda y marchita, sino hermosa y grande. Ahora, en el verano, andaba descalza y llevaba las piernas descubiertas hasta muy arriba. Isak era incapaz de quitar ojo a esas piernas desnudas.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

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