Inger había tenido que trabajar duramente, y encima había ordeñado todas las vacas y cabras. —¡Entra en casa y come! —dijo a Sivert. —¿Y tú? —Yo no.
Cuando Sivert llevaba ya un rato dentro de la casa, Inger salió y dijo con humildad: —¿Por qué no te haces el favor a ti mismo de entrar a comer tú también? Isak gruñó, pero la humildad de Inger era un acontecimiento tan raro en los últimos tiempos que lo desconcertó. —Si pudieras poner los dientes que faltan en mi rastrillo, podría hacer algo más —dijo ella, dirigiéndose al dueño de la granja, al jefe supremo, y agradeciéndole que no se lo negara con ironía. —Ya has trabajado suficiente —dijo él. —No, no es suficiente. —Ahora no tengo tiempo de arreglarte el rastrillo, ¿no ves que va a llover?
Con estas palabras, Isak se fue a su tarea.
Quería ahorrarle fatigas a Inger; los pocos minutos que le hubiera costado arreglar el rastrillo habrían sido diez veces recompensados con el trabajo de la mujer, pero a pesar de eso ella fue tras él, usando el rastrillo como estaba y trabajando con energía. Sivert acudió con el caballo y el carro, todos arrimaron el hombro, trabajando y sudando, y el heno se metió en el granero. Fue una hazaña. Y de nuevo Isak pensó en la Providencia, que dirige todos nuestros pasos, desde robar un tálero hasta poner a salvo una gran cantidad de heno. Además, ya tenía la barca; después de pasarse media vida pensando en ello, allí estaba, en el lago de la montaña. —¡Ay, Dios santo! —exclamó
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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