lunes, 30 de mayo de 2022

Todo se nubló ante los ojos de Leopoldine, veía algo rojo y extraño, y el suelo desapareció bajo sus pies, mientras el dependiente Andresen hablaba como desde lejos: —¿No tienes tiempo? —No —contestó ella. Solo Dios sabe cómo la muchacha consiguió arrastrarse hasta la cocina. Su madre la miró y preguntó: —¿Qué te pasa? —Nada.
Conque nada. Pero ya le había llegado el turno a Leopoldine de alterarse, de iniciar su ciclo. Era apta para ello, de piernas largas, guapa y recién confirmada. Sería una buena víctima. En su joven pecho vibra un pájaro, sus largas manos son como las de su madre, llenas de ternura, llenas de sexo femenino. ¿No sabía bailar? Sí, sabía bailar. Era un milagro que hubiese aprendido, pero también aprendían en Sellanrå. Sivert sabía bailar, Leopoldine sabía bailar, un baile creado en aquellas tierras solitarias, una danza local con muchas influencias de bailes populares noruegos y escoceses, mazurca y vals. Y ¿por qué no iba Leopoldine a acicalarse, enamorarse y soñar despierta?

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

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