Pero ¿qué era aquello que aparecía ante sus ojos? ¿Tenía crin o no? Durante toda su vida Isak había jurado que existía un poder superior, en una ocasión incluso lo había visto, pero lo que ahora tenía delante no se parecía a Dios. ¿Acaso era ese el aspecto del Espíritu Santo? ¿Qué era aquello? ¿Dos ojos, una mirada y nada más? Si pretendía atraparlo, llevarse su alma, bueno, de todos modos algún día tendría que ocurrir, y él conseguiría la salvación y se iría al cielo.
Isak estaba expectante, seguía estremeciéndose, la figura que tenía delante emanaba frío, hielo, tendría que ser el diablo. Isak ya no se sentía tan perplejo, no era imposible que se tratara del diablo. Pero ¿a qué había venido? ¿En qué había pillado a Isak? Simplemente estaba cultivando la tierra en su mente, eso no podría haberlo escandalizado, ¿no? Isak no sabía qué otro pecado podía haber cometido, volvía a casa del bosque, un trabajador cansado y hambriento, volvía a Sellanrå, todo con la mejor intención…
Dio un paso hacia delante y otro hacia atrás. Como la visión no se desvanecía, Isak frunció el entrecejo, como si empezara a sospechar algo. Si era el diablo, que lo fuera, pero no era todopoderoso; Lutero había estado a punto de matarlo en una ocasión, más de uno lo había hecho desaparecer con ayuda de una cruz y en el nombre de Jesús. No es que Isak desafiara el peligro y se riera de él, pero renunció a morir y a la salvación, contrariamente a su primera intención. Dio dos pasos hacia la visión, se santiguó y gritó: —¡En el nombre de Jesús!
¿Hum? Al oírse gritar, fue como si de repente volviera en sí, y de nuevo avistó Sellanrå en la ladera. Los álamos blancos ya no susurraban. Los dos ojos habían desaparecido.
Se fue derecho a casa, sin desafiar el peligro, y cuando se encontró delante de la puerta, carraspeó ruidosamente, ya a salvo. Entró en la sala con la cabeza bien erguida, como un hombre, incluso como un hombre de mundo.
Inger le preguntó asombrada por qué estaba tan pálido como un muerto.
Isak no negó que hubiera visto al mismísimo diablo.
—¿Dónde? —preguntó ella.
—Allí, justo enfrente de nosotros.
Inger no sintió envidia alguna. No es que lo alabara, pero tampoco había en ella nada semejante a un reproche. Al contrario, por la razón que fuera, los últimos días parecía más alegre y más amable. Se limitó a decir:
—¿Era el diablo en persona?
Isak asintió y dijo que a él se lo había parecido.
—¿Y cómo te libraste de él?
—Fui a su encuentro en el nombre de Jesús —contestó Isak.
Inger sacudió sobrecogida la cabeza y tardó en conseguir servir la comida. —¡A partir de ahora ya no irás solo al bosque! —dijo.
Se estaba ocupando de él, a Isak eso le hacía sentirse bien. Fingió seguir siendo tan osado como antes y que no le importaba ir solo al bosque, pero lo hizo con el único propósito de no asustar a Inger más de lo necesario con su terrible vivencia. Pues él era el hombre de la casa, el jefe y protector de todos.
Inger se dio cuenta y dijo: —Sé que no quieres asustarme, pero te llevarás a Sivert. Isak se limitó a resoplar. —Podrías ponerte enfermo en el bosque, me parece que últimamente no te encuentras muy bien —prosiguió Inger. Isak volvió a resoplar. —¿Enfermo? Cansado y agotado, sí, pero ¿enfermo? No admitía que Inger lo pusiera en ridículo, él estaba y seguiría estando sano, comía, dormía, trabajaba, estaba incurablemente sano. En una ocasión, un árbol se le cayó encima y le arrancó una oreja. No se alteró más de lo necesario, colocó la oreja en su sitio y la mantuvo sujeta con la gorra día y noche, hasta que estuvo de nuevo pegada. Cuando el intestino le funcionaba mal, tomaba regaliz en leche hirviendo para sudar, regaliz que compraba al tendero, un antiguo remedio. Si se hacía un corte en la mano con el hacha, orinaba sobre la herida y a continuación echaba sal encima, y a los pocos días la veía sanar. El médico jamás había sido llamado a Sellanrå.
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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