La bendición de la tierra - Knut Hamsun
lunes, 30 de mayo de 2022
¡Qué cosa, ese devocionario! ¡Como una guía! ¡Como un brazo sobre los hombros! Cuando Inger se había perdido cogiendo bayas en el bosque, encontró el camino a casa gracias al recuerdo de la alcoba y el devocionario. Ahora estaba de nuevo sumisa y devota. Recuerda aquellos tiempos lejanos en que al pincharse el dedo cosiendo decía: ¡Diablos! Lo había aprendido de sus compañeras en la gran mesa de costura. Ahora, cuando se pincha el dedo y sangra, se lo chupa en silencio. Se requiere un gran afán de superación para llegar a tal conversión. E Inger fue aún más lejos en ese sentido. Cuando todos los obreros se habían marchado, el establo de piedra estaba terminado y Sellanrå estaba de nuevo silenciosa y tranquila, Inger tuvo una crisis, lloró mucho y lo pasó muy mal. No echaba a nadie más que a ella misma la culpa de su desesperación, dando muestras de una profunda humildad. Ojalá hubiera podido hablar con Isak para aliviar su pena, pero eso no lo hacía nadie en Sellanrå, no se hablaba de sentimientos y no se confesaba nada. Así pues, se esmeraba mucho al avisarlo para las comidas, se acercaba hasta él en lugar de llamarlo desde la puerta, y por las noches repasaba la ropa de su marido, cosiendo los botones que faltaban. Pero Inger fue aún más lejos. Una noche se incorporó en la cama y le dijo a su marido: —¡Isak! —¿Qué pasa? —pregunta él. —¿Estás despierto? —¿Sí? —No es nada —dice Inger—. Pero no me he portado bien. —¿Qué? —pregunta Isak sin querer, incorporándose él también. Continuaron charlando en la cama, ella es, al fin y al cabo, una mujer sin par, con un gran corazón: —No me he comportado contigo como debía —dice ella—. ¡Me duele tanto! Esas sencillas palabras emocionan a Isak, emocionan al cavernícola, que quiere consolarla, no sabe de qué se trata, solo sabe que no hay nadie como ella: —No llores por eso —dice Isak—. Nadie es perfecto. —Bueno —contesta ella, agradecida. Ay, este Isak tenía siempre una visión muy sana de las cosas, las enderezaba cuando se torcían. ¿Quién de nosotros es perfecto? Tenía razón ese Dios del corazón, el que sigue siendo Dios y se lanza a la aventura, el indómito, un día lo vemos meciéndose en un montón de rosas relamiéndose los labios y al día siguiente se ha clavado una espina en el pie y se la saca con desesperación en el semblante. Y ¿se muere por eso? En absoluto, sigue tan sano como antes. ¡Faltaría más que se muriera por eso!
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