viernes, 13 de mayo de 2022

La quinta noche se acostó con una pequeña sospecha en el corazón, pero bueno, ahí seguían la rueca, las cardas y las cuentas de vidrio. En la choza reinaba la misma soledad y no se oía ni un ruido, las horas se le hacían muy largas, y cuando por fin oyó fuera algo semejante a pasos, le pareció que solo eran imaginaciones suyas. ¡Ay, Dios mío!, exclamó en su soledad, palabras como esas no eran pronunciadas por Isak sin que le llegasen del fondo del corazón. Volvió a oír pasos, y al instante vio que algo se deslizaba por delante de las ventanas. Fuera lo que fuera tenía cuernos y era un ser vivo. Se levantó de un salto, salió y se topó con una visión. ¡Dios o Satanás!, murmuró Isak, que no decía tales cosas si no era estrictamente necesario. Vio una vaca, vio a Inger y a una vaca, que desaparecieron dentro del establo.
Si no fuera porque veía y oía a Inger charlar con la vaca, no habría dado crédito a sus ojos ni a sus oídos, pero allí estaba ella. En ese instante tuvo un mal pensamiento: Dios la bendiga, claro, era una mujer maravillosa y sin par, pero todo tenía un límite. La rueca y las cardas todavía, las cuentas eran sospechosamente nobles aunque, bueno…, pero una vaca hallada tal vez en un sendero o en un pasto tendría un dueño que la estaría buscando.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

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