La esposa del comisario había tenido un niño, ella, que en la asociación de mujeres siempre había hablado en contra del gran número de partos en las familias pobres. ¡Dejen que la mujer tenga derecho al sufragio universal y que decida sobre su propio destino!, decía. Ahora estaba atrapada. Bueno, bueno, había dicho la esposa del párroco, lo habrá intentado, pero no habrá podido escapar a su destino. Esas divertidas palabras sobre la señora Heyerdahl se extendieron por todo el pueblo y mucha gente las entendió; tal vez Inger también, el único que no entendía nada era Isak.
Isak de lo único que entendía era de trabajar, de trabajar en lo suyo. Ahora se había convertido en un hombre rico, propietario de una extensa granja, aunque de todo ese dinero contante y sonante que la suerte le había concedido hacía poco uso: se limitaba a guardarlo. La tierra lo salvó. Si Isak hubiera vivido en el pueblo, el gran mundo tal vez hubiera influido algo en él. Era un mundo más distinguido, con mejores condiciones habría comprado cosas innecesarias y a diario habría vestido una camisa roja de domingo. En el campo estaba a salvo de toda clase de exageraciones, vivía en un aire puro y limpio, se lavaba los domingos por la mañana y se daba un baño cuando subía hasta el lago. ¿Mil táleros? Bueno, un regalo del cielo, ¿para guardar cada céntimo? ¿Para qué si no? Isak se las apañaba de sobra para cubrir sus gastos ordinarios exclusivamente con lo que sacaba del ganado y de la tierra.
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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