viernes, 27 de mayo de 2022

Inger acabó sumida en la melancolía, el campo la oprimía, se volvió religiosa. ¿Podía evitarlo? Nadie en el campo puede evitarlo, allí no solo hay fatiga terrenal y mundana, allí hay piedad y respeto a la muerte, además de una honda superstición. Seguro que Inger pensaba que tenía más motivos que otras personas para esperar el castigo del cielo, sería inevitable, pues ella sabía que por las noches Dios escudriñaba sus páramos con sus ojos fabulosos, y acabaría por encontrarla. No había ya muchas cosas en su vida diaria que pudiera rectificar, aunque sí, podía esconder el anillo de oro en el fondo del baúl y podía escribir a Eleseus y decirle que también se hiciera creyente. Pero en realidad no quedaba más que hacer que realizar bien el trabajo y no escatimar esfuerzos. Podía hacer una cosa más: vestir ropa humilde y simplemente atarse una cinta de seda azul alrededor del cuello para señalar los domingos. Esa pobreza falsa e innecesaria era la expresión de una suerte de filosofía, de autohumillación, de estoicismo. La cinta de seda azul era usada, provenía de un gorro que se le había quedado pequeño a Leopoldine, y estaba algo descolorida, por no decir manchada. Ahora, Inger se la ponía como un humilde adorno los domingos. Bueno, exageraba y copiaba la pobreza de las chozas, se hacía pasar por pobre sin serlo. ¿Habría sido mayor su mérito si realmente se hubiera visto obligada a ponerse un adorno tan pobre? ¡Déjala en paz, tiene derecho a un poco de tranquilidad!
Exageraba estupendamente y hacía mucho más de lo necesario. Había dos hombres en la granja, pero cuando ellos se ausentaban, Inger procuraba cortar leña. ¿De qué le serviría tanto tormento y castigo? Era una persona insignificante, humilde, de aptitudes corrientes, su vida, como su muerte, pasarían inadvertidas en el país, excepto allí, en el campo, donde ella era casi grande, al menos la más grande, y al parecer opinaba que se merecía todo ese autocastigo que se imponía. Su marido dijo: —Sivert y yo lo hemos hablado, no queremos que te agotes haciendo leña. —Lo hago por mi conciencia —contestó Inger.
—¿Conciencia? Isak se quedó de nuevo pensativo, era un hombre algo entrado en años, un poco lento de reacciones, pero profundo cuando por fin se ponía en marcha. La conciencia debía de ser algo muy poderoso si de nuevo podía cambiar a Inger de arriba abajo.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

No hay comentarios:

Publicar un comentario