lunes, 30 de mayo de 2022

—Esperábamos encontrarlo en la granja —dijo uno de los señores. —Los señores no me habían avisado —contestó Geissler—. De haberlo sabido, habría estado aquí. —Está bien, ¿y nuestro trato? —preguntaron. ¿Estaría Geissler dispuesto a aceptar una oferta razonable? No le ofrecerían todos los días quince o veinte mil coronas, ¿no? Esta nueva alusión ofendió profundamente a Geissler. ¡Vaya maneras! Ahora bien, seguramente los señores no hablarían de esa manera de no estar tan irritados, y Geissler no se habría puesto instantáneamente blanco si antes no hubiera estado en algún lugar poniéndose rojo. En ese momento palideció y contestó con frialdad: —No quiero insinuar lo que podrían pagar a los señores, pero sí sé lo que yo deseo recibir. No quiero escuchar más tonterías sobre el monte. Mi precio sigue siendo el mismo de ayer. —¿Un cuarto de millón de coronas? —Eso es.
Los señores subieron a sus caballos.
—Le diré una cosa, Geissler —anunció uno de ellos—: ¡subiremos a veinticinco mil! —Sigue usted bromeando —contestó Geissler—. Yo, en cambio, le propongo algo completamente en serio: ¿Quieren ustedes vender su pequeña parcela de mina? —Sí —contestaron los señores, pillados por sorpresa. —Pues yo se la compro —señaló Geissler.
¡Ay, ese Geissler! La granja al completo estaba escuchándolo, toda la gente de Sellanrå, los albañiles, los señores y los mensajeros, tal vez no lograra reunir el dinero para el trato, pero eso solo Dios lo sabía, ¿quién podía entender a Geissler? Con sus escuetas palabras consiguió al menos crear cierta revolución entre los señores. ¿Era una artimaña? ¿Pretendía aumentar el valor de su monte con esa maniobra?
Los señores se quedaron meditando unos instantes, luego susurraron algo entre ellos y volvieron a bajarse de los caballos. Entonces intervino el ingeniero, aquello estaba tomando un rumbo muy lamentable, al parecer él tenía poder, tal vez también autoridad. Toda la gente de la granja lo estaba escuchando. —¡No vendemos! —dijo. —¿Ah, no? —preguntaron los señores. —No.
Susurraron otro poco, y esta vez subieron en serio a los caballos. —¡Veinticinco mil! —gritó uno de ellos. Geissler no contestó, se alejó y se fue otra vez a charlar con los albañiles.
Así transcurrió la última reunión.

La bendición de la tierra - Knut Hamsun

No hay comentarios:

Publicar un comentario