Los señores subieron a sus caballos.
—Le diré una cosa, Geissler —anunció uno de ellos—: ¡subiremos a veinticinco mil! —Sigue usted bromeando —contestó Geissler—. Yo, en cambio, le propongo algo completamente en serio: ¿Quieren ustedes vender su pequeña parcela de mina? —Sí —contestaron los señores, pillados por sorpresa. —Pues yo se la compro —señaló Geissler.
¡Ay, ese Geissler! La granja al completo estaba escuchándolo, toda la gente de Sellanrå, los albañiles, los señores y los mensajeros, tal vez no lograra reunir el dinero para el trato, pero eso solo Dios lo sabía, ¿quién podía entender a Geissler? Con sus escuetas palabras consiguió al menos crear cierta revolución entre los señores. ¿Era una artimaña? ¿Pretendía aumentar el valor de su monte con esa maniobra?
Los señores se quedaron meditando unos instantes, luego susurraron algo entre ellos y volvieron a bajarse de los caballos. Entonces intervino el ingeniero, aquello estaba tomando un rumbo muy lamentable, al parecer él tenía poder, tal vez también autoridad. Toda la gente de la granja lo estaba escuchando. —¡No vendemos! —dijo. —¿Ah, no? —preguntaron los señores. —No.
Susurraron otro poco, y esta vez subieron en serio a los caballos. —¡Veinticinco mil! —gritó uno de ellos. Geissler no contestó, se alejó y se fue otra vez a charlar con los albañiles.
Así transcurrió la última reunión.
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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