Cuando el niño se calló, Isak preguntó: —¿Ya está? —Sí, ya está. —Bueno. —Vino la misma noche que te fuiste. —Bueno. —Estaba empinándome para colgar la caja, ya tenía todo preparado, pero no pude soportarlo, me vinieron los dolores. —¿Por qué no me avisaste? —¿Cómo iba yo a saber cuando iba a llegar? Es un niño. —Bueno, así que es un niño. —¡Ojalá supiera qué nombre ponerle! —exclamó Inger.
La bendición de la tierra - Knut Hamsun
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