sábado, 9 de enero de 2021

—Yo tenía una hija, la quería más que a mí mismo —concluyó el viejo—, pero ahora ya no está conmigo. Ha muerto. ¿Querrías ocupar su lugar en mi hogar y… en mi corazón?
Y en sus ojos, secos e inflamados por la fiebre, brilló una lágrima.
—No, no quiero —respondió Nellie sin levantar la cabeza.
—Pero ¿por qué no, mi niña? Tú no tienes a nadie en el mundo. Iván no puede tenerte aquí eternamente, y conmigo estarías como en tu propia casa.
—No quiero, porque es usted malo. Sí, malo, malo —insistió; entonces alzó la cabeza, se incorporó y miró de frente al anciano—. Yo también soy mala, peor que nadie, pero ¡usted es aún peor! —Al decir esto, Nellie se puso pálida, los ojos le brillaron; hasta los labios temblorosos palidecieron y se le contrajeron, movidos por un intenso sentimiento. El viejo la miró perpleja—. Sí, es usted peor que yo, porque no quiere perdonar a su hija; pretende usted olvidarla para siempre y para eso quiere llevar a su casa a otra niña. Pero ¿cómo se puede olvidar a una hija? ¿Cómo me va a querer a mí? En cuanto me mire, se acordará de que yo soy una extraña y de que usted tenía una hija, a la que ha decidido olvidar porque es usted un hombre cruel. Y yo no quiero vivir con un hombre cruel, ¡no quiero, no quiero! —Nellie dejó escapar un sollozo y me miró fugazmente—. Pasado mañana es domingo de Resurrección, todo el mundo se besa y se abraza, todo el mundo se desea la paz, todas las culpas se perdonan… Lo sé… Pero usted… sólo usted… ¡Bah! ¡Cruel! ¡Aléjese de mí!

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

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