lunes, 18 de enero de 2021

Yo, por ejemplo, siempre terminaba siendo el vencedor de todos; claro que, todos estaban en la mina, sintiéndose obligados a reconocer mis perfecciones; bien, pues yo les perdonaba a todos ellos. Me enamoraba siendo un famoso poeta y chambelán; recibía innumerables millones, y, al instante, los sacrificaba en aras de la humanidad y me confesaba ante el mundo entero por mis deshonras que, se entiende, no eran unas simples deshonras, sino aquellas que encerraban en sí una buena dosis de «lo bello y lo sublime», algo al estilo de Manfredo. Todos lloraban y me besaban (de lo contrario, ¿qué clase de imbéciles serían?) y yo, descalzo y hambriento, iba profesando nuevas ideas y venciendo a los retrógrados en las afueras de Austerlitz. A continuación, tocaban la marcha, se proclamaba la amnistía, el Papa accedía a abandonar Roma y marcharse a Brasil. Después había un baile para toda Italia en la villa Borghese, igual que el que se hace a la orilla del lago Como, ya que este lago cambia a propósito de lugar en esta ocasión, pasando ahora a estar en Roma. Más tarde, había una escena entre los arbustos, etc., etc. ¡Como si no lo supieran ustedes ya! Dirán, que es ruin y mezquino sacar a relucir todo esto ahora, después de reconocer yo mismo tanto arrebato de éxtasis y lágrimas. ¿Pero por qué ha de ser algo ruin? ¿Acaso piensan que me avergüenzo de ello, o que es más ridículo que cualquier otra cosa en la vida de ustedes? Y a todo esto, créanme, tenía yo algunas cosas que no estaban nada mal compuestas… Pero no ocurría todo eso en el lago Como. Por lo demás, tienen ustedes razón; realmente es algo vil y mezquino. Pero la verdadera mezquindad reside en que yo ahora me esté tratando de justificar ante ustedes. Y hacer esta observación es algo aún más mezquino. Además, ya está bien, pues de lo contrario, esto nunca se acabaría y siempre habría alguna cosa todavía más vil…

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

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