lunes, 18 de enero de 2021

Y he aquí, que una idea sorprendente se me cruzó por la cabeza. «¿Y qué pasaría —pensé yo— sí, qué pasaría, si al cruzarme con él… no me apartara? ¿Qué pasaría, si no me apartara a propósito, aunque tuviera que empujarle?». Aquella impertinente idea se fue poco a poco apoderando de mí hasta no dejarme en paz. Soñaba continuamente con aquel momento, y, a propósito, comencé a frecuentar más la avenida Nevski para poder imaginarme con toda claridad cómo desempeñaría yo aquel papel y de cuándo lo llevaría a cabo. Estaba entusiasmado. Aquella pretensión me parecía cada vez más posible y real. «Claro que no le empujaría del todo —pensaba yo ablandándome por adelantado—, sino que sencillamente no me apartaría y me chocaría con él sin hacernos daño el uno al otro, hombro con hombro, y en la medida en que lo permiten los buenos modales; de modo que fuera igual lo que nos golpeáramos el uno al otro». Finalmente me decidí. Pero los preparativos acapararon mucho tiempo. En primer lugar, para el momento esperado debía ocuparme de tener un aspecto lo más decente posible y de disponer de un traje adecuado. «En cualquier caso, si esto, por ejemplo, fuera a convertirse en una historia que trascendiera al dominio público (y aquel público era de lo más refinado: por allí pasan condesas, el príncipe D., y todo el mundillo literario), para ello era preciso estar bien vestido; es algo que inspira respeto y de alguna manera nos hace sentimos iguales frente a la gente de la alta sociedad». Con ese fin solicité en la oficina un anticipo del sueldo y me compré unos guantes negros y un buen sombrero en la tienda de Churkin. Me pareció que el par de guantes negros eran más respetables y elegantes que los amarillos a los que en principio había echado el ojo. Descarté comprármelos «porque tenían un color demasiado chillón y daba la impresión de que quien los llevara quisiera llamar la atención». Desde hacía tiempo tenía preparada una camisa en buen estado, con unos gemelos blancos de hueso, pero el capote retrasó mi plan. El capote no estaba nada mal y me abrigaba, pero al estar forrado de guata y tener el cuello de castor, tenía un aire excesivamente lacayesco. Era preciso cambiar el cuello como fuere y hacerme con uno de castorcillo, al estilo de los que llevaban los oficiales. Con tal fin comencé a frecuentar las Galerías Gostiny y, tras varias intentonas, me decidí por uno barato de castorcillo alemán. Aunque esos cuellos alemanes se desgastan con bastante rapidez, tomando un aspecto de lo más miserable, al principio, cuando se estrenan, tienen muy buena apariencia; además, yo sólo lo necesitaba para una ocasión. Pregunté el precio, pero éste, a pesar de todo, era bastante caro. Después de darle vueltas, finalmente me decidí a vender el viejo cuello de castor. El dinero que no me llegaba, y que ascendía a una cantidad bastante significativa para mí, me decidí a pedírselo en préstamo a Antón Antonych Setochkin[46], que era mi jefe de negociado y hombre pacífico, muy serio y positivo, que nunca daba a nadie dinero en préstamo, y al que en su día, cuando comencé a prestar servicios en la Administración, le fui especialmente recomendado por una distinguida personalidad. Sufrí muchísimo. Pedir dinero a Antón Antonych, me parecía algo monstruoso y me abochornaba bastante. Incluso dejé de dormir durante dos o tres noches, aunque por aquel entonces dormía muy poco a causa de mi febril estado general. ¡El corazón tan pronto parecía parárseme de un modo extraño, como de repente comenzaba a darme saltos!… Al principio, Antón Antonych se extrañó, después frunció el ceño, y tras reflexionar un rato, a pesar de todo, me dio el préstamo, después de hacerme firmar un justificante que le autorizaba a cobrar ese dinero de mi sueldo al cabo de dos semanas. De este modo, finalmente ya todo estaba ultimado; un bonito cuello de castorcillo pasaba a ocupar el lugar del mugriento cuello de castor, y yo, poco a poco, puse manos a la obra. No podía decidirme así como así, a la primera; era preciso abordar el asunto sabiéndolo hacer bien y muy poquito a poco. Sin embargo, reconozco que tras reiterados intentos, ya casi empecé a desesperarme. ¡No llegábamos a chocarnos de ninguna de las maneras! No sé, si todavía no estaba lo suficientemente preparado, o si no me lo proponía debidamente, en cualquier caso, todo parecía indicar que de un momento a otro ya nos íbamos a chocar, cuando de pronto veo que otra vez era yo, quien le cedía el paso, y él, pasaba sin percatarse de mi presencia. Al acercarme a él, incluso rezaba, pidiéndole a Dios que me diera valor. En una ocasión, estando ya totalmente decidido, acabé enredándome entre sus pies, porque en el último instante, y a sólo dos pasos de distancia, se me agotó el aliento. Él, con toda su tranquilidad, pasó por encima de mí, y yo, como una pelota, me alejé volando hacia un lado. Durante aquella noche, estuve otra vez enfermo, delirando y con fiebre. De pronto, todo concluyó de la mejor manera posible. La noche de vísperas, decidí finalmente abandonarlo todo y no proseguir con mi nefasta decisión; con esa finalidad me dirigí por última vez a la avenida Nevski con la sola idea de contemplar el modo tan inconcluso en que pensaba dejar aquella cuestión. De pronto, y estando a tres pasos de mi enemigo, me decidí inesperadamente, entorné los ojos y ¡nos chocamos fuertemente hombro con hombro! ¡No cedí un ápice, y pasé junto a él como si fuéramos iguales! Él ni siquiera se volvió, como si no me hubiera visto; pero eso sólo fue en apariencia, de eso estoy seguro. ¡Hasta hoy día sigo estándolo! Claro que el golpe que recibí yo era más fuerte; además, él era más robusto que yo, pero no importa. Lo que sí importa es que conseguí lo que me proponía, reafirmé mi dignidad, no cedí un paso, y me coloqué públicamente junto a él en la misma escala social. Regresé a casa habiéndome vengado de todo. Estaba entusiasmado. Me sentía triunfador y cantaba arias italianas. Claro que no voy a describirles lo que me ocurrió al cabo de tres días; si han leído mi primera parte, «El subsuelo», podrán deducirlo ustedes mismos. A aquel oficial le cambiaron después de destino; llevo ya catorce años sin verle. Me pregunto ¿qué será de mi querido oficial? ¿A quién estará aplastando ahora?

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

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