miércoles, 20 de enero de 2021

—¡Salvarte! —exclamé levantándome de la silla y corriendo de un lado a otro de la habitación—. ¿Salvarte de qué? ¡Si posiblemente hasta sea peor que tú! ¿Y por qué razón, cuando te leía aquellas exhortaciones, no me recriminaste por el motivo que me había conducido hasta allí? ¿Acaso venía a darte una lección de moral? Lo que necesitaba entonces era tener poder, sí, poder; necesitaba divertirme, necesitaba ver tus lágrimas, tu humillación, tu histeria. ¡Sí, eso era lo que necesitaba! Pero no pude soportarlo, porque soy un canalla; me asusté, y no sé para qué diablos te di mi dirección. Sí, un poco después, camino de casa, te maldecía con todas mis fuerzas por haberte dado la dirección. Te odiaba por las mentiras que te había dicho en aquellos momentos. Yo sólo pretendía jugar con las palabras, soñar mentalmente; pero en realidad, ¿sabes lo que necesitaba? ¡Que desaparecierais todos! ¡Sí, eso era lo que deseaba! Porque necesitaba tranquilidad. Si con tal de vivir en paz y tranquilidad, soy capaz hasta de vender el mundo entero por un copek. Si he de elegir entre estas dos cosas: «que se hunda el mundo, o que yo deje de tomar mi té», prefiero que se hunda el mundo, con tal de que yo siempre pueda tomar mi té. ¿Lo sabías? Bueno, en todo caso, sé que soy un miserable, un canalla, un ególatra y un gandul. Durante estos tres últimos días, de sólo pensar que pudieras venir a verme, no he parado de temblar de miedo. ¿Y sabes qué era lo que más me preocupaba? Pues que aquel día había representado ante ti el papel de un verdadero héroe, y que ahora, de repente, me fueras a ver con esta harapienta batita, como a un repugnante mendigo. Antes te dije que no me avergonzaba de mi pobreza; pero has de saber, que sí me avergüenzo. Es de lo que más me avergüenzo; me avergüenzo más que nunca, y más que si fuera un ladrón, porque soy tan vanidoso, que hasta me duele respirar, como si me arrancaran la piel a tiras. ¿Pero cómo es posible que ni siquiera ahora te estés dando cuenta de que nunca te perdonaré que me hayas sorprendido con esta batita; y justo, cuando me lanzaba sobre Apollón tan furioso como un perrillo rabioso? ¡El salvador, el héroe de antes, cual chucho sarnoso y peludo se lanza sobre su lacayo, y éste, encima, burlándose de él! ¡Nunca te perdonaré las lágrimas que no pude reprimir y que hace un rato derramé aquí, delante de ti, cual mujer avergonzada! ¡Y tampoco te perdonaré todo cuanto ahora te estoy confesando! ¡Sí, tú, sólo tú, debes responder por todo esto, porque te has puesto a tiro, y porque soy un canalla, y el más repugnante de los gusanos; sí, el más ridículo, el más mezquino, estúpido y envidioso de cuantos gusanos hay en el mundo, que aunque en absoluto sean mejores que yo, no se sabe por qué diablos, jamás se turban ante nada! Mientras que yo me pasaré la vida recibiendo capirotazos de cualquier piojo. ¡Ése es mi rasgo más característico! ¿Qué me importa que no comprendas nada de esto? ¿Y qué me importas tú, sí, tú? ¿Y que me importa que perezcas en aquel lugar? ¿Comprendes lo que te voy a odiar a partir de ahora por haberte dicho todo esto y por haber estado tú aquí oyéndolo? ¡Un hombre habla así sólo una vez en la vida, y eso, cuando está histérico!… ¿Qué más quieres? ¿Por qué después de todo esto, sigues ahí plantada delante de mí, torturándome y sin marcharte?
Pero en aquel momento surgió algo extraño.
Hasta tal punto estaba yo acostumbrado a pensar y a imaginar todo conforme a los libros; a verlo todo tal y como me lo figuraba en mis sueños, que en aquel instante no comprendí lo que estaba ocurriendo. Lo que pasó fue lo siguiente: Liza, abatida y ofendida, comprendió, de cuanto estaba sucediendo, bastante más de lo que yo me había imaginando. Comprendió exactamente aquello que comprenden las mujeres que aman sinceramente; comprendió que yo era un hombre muy desdichado.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

No hay comentarios:

Publicar un comentario