jueves, 7 de enero de 2021

—¿Sabes una cosa? Está deseando marcharse —me susurró Natasha apresuradamente, una vez que Aliosha salió un momento a decirle algo a Mavra—, pero no se atreve. Yo tampoco me atrevo a sugerirle que se vaya, porque en ese caso podría quedarse a la fuerza, y si hay algo que me da miedo es que se aburra y que, por esa razón, el amor que aún siente por mí acabe por enfriarse del todo. ¿Qué puedo hacer?
—¡Dios mío, cómo os complicáis la vida! ¡Qué suspicaces sois, cómo os vigiláis el uno al otro! Basta con que os deis las explicaciones pertinentes y asunto concluido. De lo contrario, es probable que esta situación acabe, en efecto, por aburrirle.
—Pero ¿qué hago? —exclamó asustada.
—Deja, ya me encargo yo… —Y fui a la cocina con el pretexto de pedirle a Mavra que limpiara uno de mis chanclos, que se había manchado de barro.
—¡Ten cuidado, Vania! —gritó Natasha a mis espaldas.
En cuanto entré a ver a Mavra, Aliosha vino hacia mí como si me estuviera esperando:
—Iván Petróvich, querido amigo, ¿qué cree usted que debo hacer? Aconséjeme: ayer di mi palabra de que hoy iría, precisamente a esta hora, a casa de Katia. ¡No puedo faltar! Amo a Natasha con locura, estoy dispuesto a dar la vida por ella, pero comprenderá usted que abandonar todo aquello definitivamente es imposible…
—Muy bien, pues vaya usted…
—¿Y qué va a pasar con Natasha? Voy a darle un disgusto, Iván Petróvich; tiene usted que ayudarme de algún modo…
—A mi juicio, lo mejor es que se marche usted. Usted sabe de sobra cómo le quiere Natasha; si se queda, le dará la impresión de que se aburre usted con ella y de que está aquí contra su voluntad. Es preferible actuar con toda libertad. Vamos, yo le ayudaré.
—¡Mi querido Iván Petróvich! ¡Qué bueno es usted!

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

No hay comentarios:

Publicar un comentario