—Pues porque de buena gana les hubiera tenido yo durante cuarenta años sin hacer absolutamente nada; y pasados esos años, me presentaría de pronto a hacerles una visita al subsuelo; sí, a visitarles, y a verles cómo estaban. ¿Acaso se puede dejar a un hombre durante cuarenta años a solas y sin nada que hacer?
—¡No es nada vergonzoso ni humillante! —me dirían probablemente, moviendo sospechosamente sus cabezas—. Ansia usted vivir y, sin embargo, intenta resolver cuestiones vitales por medio de un embrollo lógico. ¡Pero qué maneras tan inoportunas y cuánta impertinencia! Se nota que tiene miedo. Se siente satisfecho diciendo cosas absurdas. Y puesto a decir despropósitos, muestra constantemente tener miedo por lo que ha dicho y se apresura a pedir disculpas. Asegura que no se arredra ante nada, pero a su vez, busca refugio en nuestra opinión. Dice que está rechinando los dientes, pero a la vez se mofa para hacemos reír. Sabe que sus agudezas no son tan ocurrentes, pero se siente muy satisfecho de ellas, porque le aportan cierta dignidad literaria. Puede que realmente haya sufrido en alguna ocasión, pero no tiene respeto alguno a su propio sufrimiento. Y aunque posea algo de razón, carece de pudor; su nimia soberbia le empuja a mostrar su verdad como si se tratara de exhibir algo en una plaza pública; sí, en un mercado, en la ignominia… Realmente quiere decir algo, pero por temor, esconde su última palabra, porque carece de decisión para expresarla; sin embargo, posee una desfachatez pusilánime. Se gallardea de su conciencia, pero en realidad sólo vacila, porque aunque su mente rija, su corazón está empañado de perversión, y sin un corazón limpio, jamás tendrá una verdadera conciencia. ¡Cuántos gestos inoportunos tiene, cómo se hace de rogar y cómo melindrea! ¡Mentiras, mentiras y más mentiras!
Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
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