lunes, 18 de enero de 2021

Por el contrario, la naturaleza de nuestro romántico es completa y diametralmente opuesta a la del europeo trascendental, y aquí de nada sirven los patrones europeos. (Permítanme emplear esa palabra: «romántico»; una palabreja antigua, respetable, merecida, y tan conocida para todo el mundo). Porque la naturaleza de un romántico ruso consiste en comprenderlo todo, en verlo todo, y en verlo infinitamente mejor que las inteligencias rusas más positivas; en no estar conforme con nada ni con nadie, pero a su vez, en no tener escrúpulo alguno respecto a nada; en darle la vuelta a las cosas, en ceder en todo, y en comportarse con todo el mundo de la manera más sutil posible; tener siempre presente la finalidad más práctica y ventajosa (algunos pisitos del estado, pensioncillas, condecoraciones) considerando esa tal finalidad, siempre por encima de cualquier entusiasmo y tomo de poesía lírica; y en mantener a la vez incorrupta la idea de todo «lo bello y lo sublime» hasta el último día de su vida; en conservarse a sí mismo como entre algodones, igual que si se tratara de una valiosa joya, aunque ello sólo sea en beneficio de «lo bello y lo sublime». El romántico ruso es un hombre de amplitud de miras, y el pícaro más grande de cuantos hay en el mundo, se lo puedo asegurar… porque tengo experiencia. Todo ello, claro está, si el romántico es inteligente. ¡Pero qué digo! El romántico es siempre muy inteligente; pero me gustaría hacer una observación, y es que, aunque hayamos tenido románticos tontos, esos no cuentan, porque en su juventud ya se transformaron definitivamente en alemanes y se fueron a vivir a algún lugar de Weimar o Shwartswald, para así conservarse mejor, tal y como corresponde a las verdaderas piezas de joyería.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

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