lunes, 11 de enero de 2021

¡Oh, Natasha! —Se puso de pie, la levantó del asiento y la estrechó con fuerza, con mucha fuerza contra su corazón—. ¡Aquí está de nuevo, junto a mi corazón! —exclamó—. ¡Gracias te doy, Dios mío, por todos tus dones, por tu ira y por tu compasión! ¡Y por tu sol, que acaba de brillar sobre nosotros, después de la tormenta! ¡Por todo este minuto te doy las gracias! ¡Oh! ¡Aunque hayamos sido humillados, aunque hayamos sido ofendidos, otra vez estamos juntos, y ya pueden volver a triunfar los soberbios, los altivos que nos han humillado y nos han ofendido! ¡Que nos arrojen piedras! No tengas miedo, Natasha… Iremos de la mano, y yo les diré: «¡Ésta es mi querida, mi amada hija, mi hija inocente a la que he ofendido y he humillado, pero a la que amo y bendigo por los siglos de los siglos!».
—¡Vania! ¡Vania! —dijo Natasha con voz débil, liberando una mano del abrazo de su padre y tendiéndola hacia mí.
¡Ah! ¡Jamás olvidaré que en ese momento se acordó de mí y me llamó!
—¿Dónde está Nellie? —preguntó el viejo, mirando a su alrededor.
—¡Ay! ¿Dónde se habrá metido? —exclamó la anciana—. ¡Mi tesoro! ¡Nos habíamos olvidado de ella!
Pero no estaba en la habitación; sin que nos diéramos cuenta, se había ido al dormitorio. Todos fuimos para allá. Nellie estaba escondida en un rincón, detrás de una puerta, asustada.
—¿Qué te pasa, Nellie, hija mía? —exclamó el anciano, deseoso de abrazarla. Pero ella estuvo mucho tiempo sin apartar la mirada de él…
—¿Mamá? ¿Y mamá? —dijo como en un trance—. ¿Dónde está mi mamá? —volvió a preguntar, tendiéndonos las manos temblorosas, y de pronto un grito pavoroso, un grito aterrador se escapó de su pecho; su rostro se contrajo espasmódicamente y cayó desplomada, víctima de un ataque espantoso…

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

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