domingo, 10 de enero de 2021

Mortalmente abatido, regresé a casa, bastante tarde ya. Tendría que haber ido esa tarde a casa de Natasha; ella misma me había escrito, pidiéndome que fuera, por la mañana. Pero no había probado bocado en todo el día; estaba muy alterado, pensando en Nellie. «¿Qué es lo que le pasa? —pensaba yo—. ¿No será alguna extraña consecuencia de su enfermedad? ¿No se habrá vuelto loca o estará a punto de perder el juicio? Pero ¿dónde se habrá metido, Dios mío? ¿Adónde podría ir a buscarla?»
En ese preciso instante, vi de pronto a Nellie a tan sólo unos pasos de distancia, en el puente V. Estaba al pie de una farola y no me había visto. Quise echar a correr hacia ella, pero me detuve. «¿Qué estará haciendo aquí?», me pregunté perplejo y, convencido de que ya no la iba a perder de vista, decidí quedarme a la espera, vigilándola. Transcurrieron unos diez minutos, y ella seguía allí parada, pendiente de los transeúntes. Por fin pasó un hombre mayor, bien vestido, y Nellie se le acercó: el hombre, sin detenerse, sacó algo del bolsillo y se lo dio. Ella se inclinó agradecida. No tengo palabras para expresar lo que sentí en aquel momento. Sentí un dolor atroz en mi interior, como si algo precioso para mí, algo que había querido, cuidado y mimado, hubiera sido denigrado y escupido delante de mi vista en aquel preciso instante. De inmediato, mis ojos se llenaron de lágrimas.
Sí, vertía mis lágrimas por la pobre Nellie, aunque sentía al mismo tiempo una profunda indignación: no pedía limosna por necesidad; nadie la había desterrado de su lado, nadie la había abandonado a su suerte; no huía de unos crueles opresores, sino de gente amiga que la quería y se ocupaba de ella. Era como si deseara sorprender o alarmar a alguien con sus hazañas, o como si estuviera jactándose de algo. Pero algo oculto había madurado en su alma… Sí, mi viejo amigo tenía razón; había sido maltratada, su herida no acababa de cicatrizar y parecía dispuesta a enconar deliberadamente su daño con aquel comportamiento enigmático, con aquella actitud recelosa; se diría que se recreaba en el dolor, en el egoísmo del sufrimiento, si se me permite la expresión. Yo podía llegar a entender aquel enconamiento del dolor, aquel regodeo: era el deleite de tantos humillados y ofendidos, de tanta gente que había sido aplastada por el destino y había sentido en carne propia su iniquidad. Pero ¿de qué podía quejarse Nellie? ¿Qué clase de injusticia habíamos cometido con ella? Era como si quisiera sorprendernos y asustarnos con sus caprichos y sus chiquilladas, como si estuviera exhibiéndose delante de nosotros… Pero ¡tampoco! En aquellos momentos estaba sola, ninguno de nosotros la estaba mirando mientras pedía limosna. ¿Sería posible que lo hiciera exclusivamente por su propio placer? ¿Para qué necesitaba la caridad? ¿Para qué quería el dinero?

Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski

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