¡Ja, ja, ja! ¡Hay que ver con qué cara de desprecio me está mirando!
—Tiene usted razón —contesté.
—Bueno, admitamos que usted también tenga razón; en todo caso, siempre será mejor un poco de suciedad que el ácido prúsico. ¿No le parece?
—No, el ácido prúsico es preferible.
—Le he pedido su opinión para poder así disfrutar de su respuesta, aunque ya la conocía de antemano. No, amigo mío: si de verdad ama usted al género humano, deséeles a todas las personas inteligentes un gusto como el mío, aunque sea algo sucio; si no, la gente inteligente no tendrá nada que hacer en este mundo y sólo quedarán los simples. Menuda suerte para ellos. Existe un dicho al respecto: todos los tontos tienen suerte. No sé si sabe que no hay nada más agradable que vivir rodeado de tontos y darles coba: ¡es algo muy rentable! No me mire usted así por respetar los prejuicios, atenerme a ciertas normas o afanarme por alcanzar notoriedad; ya sé que vivo en una sociedad estéril; pero, por ahora, estoy a gusto en ella, y yo le doy mi apoyo y demuestro que soy su más firme defensor, si bien, llegado el caso, también seré el primero en abandonarla. Estoy al corriente de todas esas ideas modernas, aunque nunca me he preocupado por ellas, ni tenía por qué. No sé lo que son los remordimientos de conciencia. Estoy de acuerdo con todo siempre que me vaya bien; somos legión los que pensamos así, y lo cierto es que nos va de maravilla. Todo es perecedero en este mundo, pero nosotros jamás pereceremos. Existimos desde la noche de los tiempos. Ya puede hundirse el mundo entero, que nosotros saldremos a flote. Fíjese en una cosa, por cierto: las personas como yo estamos llenas de vida. Tenemos una vitalidad admirable, extraordinaria; ¿no le había llamado nunca la atención? Así que hasta la naturaleza nos protege, ¡je, je, je! Yo quiero vivir, a toda costa, hasta los noventa años. No me gusta nada la muerte, y le tengo miedo. ¡Sólo el diablo sabe cómo me tocará morir! Pero ¡no hablemos de esto! Ha sido ese filósofo suicida el que me ha sacado de mis casillas. ¡Al cuerno la filosofía! Buvons, mon cher! Íbamos a hablar de las lindas muchachitas… ¿Adónde va usted?
—Me voy, ya va siendo hora; también para usted…
Humillados y ofendidos - Fiodor Dostoyevski
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