Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
lunes, 18 de enero de 2021
En casa, principalmente me dedicaba a la lectura. Deseaba silenciar con las sensaciones externas todo cuanto hervía incesantemente en mi interior. Y entre éstas, la única posibilidad que me quedaba era la lectura. La lectura, claro está, me ayudaba mucho; me conmovía, me satisfacía y me atormentaba. Pero a veces, me aburría terriblemente. Pues a pesar de todo, me apetecía hacer cosas y no estarme quieto; entonces era cuando me sumergía en la perversión más oscura, subterránea y mezquina; mejor dicho, no se trataba exactamente de una perversión, sino de la ruindad más baja. Mis mezquinas pasiones eran agudas y ardientes a causa de mi eterna y enfermiza irritabilidad. Tenía arrebatos histéricos, con lágrimas y convulsiones incluidas. Nada me quedaba excepto la lectura; es decir, nada de cuanto me rodeaba, o hacia lo cual yo pudiera sentirme atraído, me infundía respeto. Por si fuera poco, me sobrevenía la melancolía; me arrebataba la sed de histéricas contradicciones y contrastes; llegando a este punto me entregaba al libertinaje. Pero no vayan ustedes a creer que digo todo esto para justificarme… ¡Bueno, no! ¡Sí, he mentido! Precisamente lo que pretendía era justificarme. Y esta observación, señores, es de uso personal. No deseo mentir. He dado mi palabra.
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