Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
lunes, 18 de enero de 2021
Durante algunos días de fiesta, hacia las cuatro de la tarde, yo solía pasearme por la acera soleada de la avenida Nevski. Mejor dicho, no se trataba exactamente de un paseo, si tenemos en cuenta que un sufrimiento infinito, junto a la humillación y el ataque biliar, inundaban en aquellos momentos todo mi ser; probablemente, eso era lo que necesitaba. Del modo más indecoroso, y como una anguila, me escurría yo entre los transeúntes, cediendo paso a los generales, a los caballeros de la guardia real, a los oficiales de los húsares y a las señoras; sentía dolorosos espasmos en el corazón y un súbito calor me recorría la espalda al pensar el mísero traje que llevaba y mi vulgar aspecto escurriéndose entre la gente. Aquello era un tormento, una continua e insoportable humillación que pasaba de la idea al sentimiento incesante e inmediato de que yo era una mosca, una vil e inútil mosca para todo el mundo; pero más inteligente, más culta y más noble que nadie, claro está; pero una mosca, al fin y al cabo, que continuamente cedía el paso a todos, una mosca humillada y ofendida por todos. No sé por qué razón me empeñaba en atormentarme, ni por qué me dirigía a la avenida Nevski; pero sencillamente, había algo que me arrastraba hacia allí ante la primera oportunidad que se me presentaba.
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