Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
martes, 19 de enero de 2021
Con desesperación me imaginaba el modo altivo y frío con que me recibiría ese «canalla» de Zverkov; con qué obtusa mirada de irresistible desprecio me miraría el torpe de Trudoliubov; de qué modo más detestable y con qué insolencia soltaría a mi costa sus risitas el bicho de Ferfichkin, con tal de agradarle a Zverkov; cómo todo eso lo entendería perfectamente Simonov y cómo me despreciaría por mi cobardía y falta de amor propio; pero lo más importante, era lo mísero que resultaría todo aquello, qué poco literario y qué vulgar. Claro que lo mejor que podía hacer yo era no asistir al almuerzo. Pero eso me resultaba imposible de hacer, pues cuando me entraban muchas ganas de hacer alguna cosa, solía meterme de cabeza en ello. De lo contrario, me pasaría la vida reprochándome: «¿qué, te acobardaste, te dio miedo la realidad, te asustaste?». Al contrario, deseaba apasionadamente demostrar a toda esa «chusma», que en absoluto era un cobarde, tal y como me lo figuraba yo mismo. Y por si fuera poco, en el máximo paroxismo de aquella febril pusilanimidad, soñaba con estar en la cumbre, venciéndoles, atrayéndoles y obligándoles a quererme, aunque sólo fuera «por mis elevadas ideas y por mi indiscutible agudeza mental»; que abandonaran a Zverkov, que él tuviera que sentarse aparte, completamente callado y avergonzado, y que yo pudiera aplastarle. Después, probablemente accediera a hacer las paces con él, y juntos, nos íbamos a tomar una copa llamándonos el uno al otro de tú; pero lo que más me enfurecía y me ofendía, era que ya entonces sabía, y lo sabía perfectamente bien, que en realidad, no tenía ninguna necesidad de hacer todo aquello; que en absoluto deseaba aplastarlos, ni subyugarlos, ni atraerlos hacia mí; puesto que yo mismo sería el primero en no apostar un copek por un resultado así, amén de haberlo logrado.
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