miércoles, 20 de enero de 2021

A veces, me venía a la cabeza la idea de irla a visitar yo mismo para «contarle todo» y rogarle que no viniera a verme. Pero ante aquella idea, comenzaba a sentir tanta rabia que, de haber estado ella delante de mí, creo que sería capaz de aplastar a aquella «maldita» Liza. Si ello ocurriera, la habría ofendido, la habría escupido, la habría arrojado de mi lado y la habría golpeado.
Sin embargo, transcurrió un día, y otros dos más; como no venía, comencé a tranquilizarme. Después de las nueve de la noche ya empezaba a sentirme especialmente animado, e incluso, a soñar con cosas bastante agradables: «Que yo, por ejemplo, salvaba a Liza con sólo venir ella a verme y a escucharme… Que yo la instruía y la formaba. Finalmente, me percataba de que ella me amaba, sí, me amaba apasionadamente. Yo me hacía el despistado (no obstante, no sé por qué fingía; claro, que lo hacía por decoro). Finalmente, Liza, completamente turbada, maravillosa, temblando y sollozando, se echaba a mis pies diciéndome que era su salvador y que me amaba más que nada en el mundo. Yo me quedaba completamente sorprendido. Pero… Liza, le decía yo, ¿no pensarás que no me di cuenta de tu amor? Me di cuenta de todo y me percaté de todo, pero no me atreví a ser el primero en quebrantar tu corazón, porque con la influencia que ejerzo sobre ti, no quise que, por agrade cimiento, te obligaras a corresponderme en el amor; que suscitaras en ti un sentimiento que no tuvieras; y yo no quiero que esto ocurra, ya que… sería algo despótico hacia ti… Carecería de tacto (bueno, en una palabra, que llegando a este punto, me iba yo por las ramas de alguna de esas sutilezas tan europeas, al estilo de las de George Sand y de esas honorables delicadezas suyas…). Pero ahora, ahora, tú eres mía, eres mi creación, eres pura y bella, eres… mi bella esposa.

Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski

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