Memorias del subsuelo - Fiodor Dostoyevski
domingo, 17 de enero de 2021
A mí, por ejemplo, no me extrañaría nada, que de pronto, en medio de esa futura circunspección general, surgiera un caballero que, con una fisionomía vulgar, o mejor dicho, con aspecto retrógrado y burlón, se pusiera brazos en jarras y nos dijera a todos: «Bueno señores ¿y por qué no echamos de una vez abajo esa cordura, para que todos esos logaritmos se vayan al demonio y finalmente podamos vivir conforme a nuestra absurda voluntad?». Y tampoco eso importaría mucho, pues lo verdaderamente lamentable sería que enseguida encontraría adeptos para seguirle; así es el hombre. Y todo eso ocurre por un motivo tan fútil que no merece la pena ni recordarlo. Es decir, que el hombre siempre y en todo lugar, siendo él quien fuere, ha gustado de actuar a su modo, y no tal y como le indican la cordura y la ventaja; es más, incluso es posible desear algo que vaya en contra del propio interés de uno, y a veces, hasta debería ser positivo actuar así (esto es una idea mía). Porque el deseo propio, voluntario y libre de uno, el capricho, aunque sea el más salvaje de todos, la fantasía exasperada y llevada hasta la locura, forma parte de aquella ventaja que se omitió y que resulta ser la más ventajosa de todas, porque no se atiene a ninguna clasificación, y porque a causa de ella se van continuamente al garete todos los sistemas y teorías imperantes. ¿De dónde sacan todos esos sabios, que el hombre necesita una voluntad normal, una voluntad virtuosa? ¿De dónde sacan que el hombre precisa indispensablemente de una voluntad que le sea provechosa? El hombre únicamente necesita de una voluntad autónoma, le cueste ésta lo que le cueste, y le traiga las consecuencias que le traiga. Aunque cualquiera entiende de tal voluntad…
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