—¡Es usted muy joven! —contestaba Altamira—. Le estaba diciendo que tengo una hermana casada en Provenza; todavía es bonita, y es buena, dulce, una excelente madre de familia que cumple con todos sus deberes, piadosa, pero no beata.
«¿Dónde quiere ir a parar?», pensaba la señorita de La Mole.
—Es feliz —siguió diciendo el conde Altamira—; lo era en 1815. Estaba yo entonces escondido en su casa, en su finca próxima a Antibes; bien, pues, cuando se enteró de la ejecución del mariscal Ney, ¡se puso a bailar!
—¿Será posible? —dijo Julien, aterrado.
—Es el espíritu de partido —siguió diciendo Altamira—. Ya no quedan pasiones auténticas en el siglo XIX; por eso la gente se aburre tanto en Francia. Se cometen las mayores crueldades, pero sin crueldad.
—Peor me lo pone —dijo Julien—; cuando se cometen crímenes al menos hay que disfrutar al cometerlos; solo tienen eso de bueno e incluso solo es posible justificarlos por esa razón.
La señorita de La Mole, olvidada por completo de sus obligaciones para consigo misma, se había situado casi por completo entre Altamira y Julien. Su hermano, que le daba el brazo, acostumbrado a obedecerla, miraba hacia otro lado del salón y, para guardar las formas, fingía que no lo dejaba pasar el gentío.
—Tiene razón —decía Altamira—; lo hacemos todo sin disfrutar de ello y sin recordarlo, incluso los crímenes. Puedo señalarle en este baile hasta diez hombres que se condenarán, por asesinos. Ya no se acuerdan ni el mundo tampoco
Rojo y negro - Stendhal
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