Es tanto aún, incluso en este siglo de aburrimiento, el imperio de la necesidad de divertirse que, incluso los días en que había cena, todo el mundo salía escapado en cuanto el marqués dejaba el salón. Con tal de que no se gastasen bromas ni con Dios ni con los curas ni con el rey, ni con las personas con cargos en el gobierno ni con los artistas a quienes protegía la corte ni con nada de lo instituido; con tal de que no se hablase bien ni de Béranger ni los periódicos de la oposición ni de Voltaire ni de Rousseau ni de nadie que se permitiera cierta libertad de palabra; con tal sobre todo de que no se hablase nunca de política, se podían tocar libremente todos los temas.
No hay cien mil escudos de renta ni condecorado con la Orden del Espíritu Santo que puedan luchar con la carta magna de un salón así. La mínima idea viva parecía grosera. Pese al buen tono, a la perfecta urbanidad, al deseo de resultar agradables, se leía el aburrimiento en todas las caras. Los jóvenes que acudían a presentar sus respetos, temerosos de hablar de algo que hiciera sospechar que tenían alguna idea o de desvelar alguna lectura prohibida, se quedaban callados tras unas cuantas palabras muy elegantes sobre Rossini o el tiempo que hacía.
Rojo y negro - Stendhal
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