miércoles, 4 de marzo de 2020

—Ya han dejado de cantar esa canción tan fea.
—¡Por vida de…! ¡Ya lo creo! —contestó el director, muy ufano—. He mandado que impongan silencio a los andrajosos.
Esa palabra fue demasiado para Julien; tenía los modales de su estado, pero aún no el corazón. Pese a toda su hipocresía, tantas veces ejercitada, notó que le corría un lagrimón por la mejilla.
Intentó taparlo con la copa verde, pero le resultó completamente imposible hacerle los honores al vino del Rin. «¡Impedirle cantar! —se decía—. ¡Ah, Dios mío, y tú lo toleras!»
Afortunadamente a nadie le llamó la atención aquel enternecimiento suyo de tal mal tono. El recaudador de impuestos había empezado a cantar una canción monárquica. Durante el escándalo del estribillo, que todos entonaban a coro, la conciencia de Julien se decía: «¡Esta es la riqueza sucia que alcanzarás y solo disfrutarás de ella con esa condición y en semejante compañía! A lo mejor consigues un puesto de veinte mil francos, pero, mientras te atiborras de viandas, tendrás que impedirle cantar al pobre preso; ¡invitarás a almorzar con el dinero que le hayas robado a su mísera pitanza y, mientras almuerzas, él será aún más desdichado! ¡Ah, Napoleón! ¡Qué grato era en tus tiempos llegar a la fortuna mediante los peligros de una batalla!; pero ¡hacer cobardemente que vaya a más el dolor del mísero!».

Rojo y negro - Stendhal

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