Una noche, el niño se puso gravísimo. A eso de las dos de la madrugada fue a verlo el señor de Rênal. El niño, al que consumía la fiebre, estaba muy encarnado y no reconoció a su padre. De repente, la señora de Rênal se arrojó a los pies de su marido: Julien vio que iba a decírselo todo y a perderse para siempre.
Afortunadamente, aquel ademán singular importunó al señor de Rênal.
—¡Adiós! ¡Adiós! —dijo según se iba.
—No, escúchame —exclamó su mujer, arrodillada ante él e intentando retenerlo—. Tienes que saber toda la verdad. Soy yo quien está matando a mi hijo. Le di la vida y ahora se la quito. El cielo me castiga; a los ojos de Dios soy culpable de asesinato. Tengo que perderme y que humillarme; a lo mejor ese sacrificio aplaca al Señor.
Si el señor de Rênal hubiera sido un hombre con imaginación, lo habría sabido todo en el acto.
—¡Ideas novelescas! —exclamó apartándose de su mujer, que intentaba abrazarse a sus rodillas—. ¡Todo eso son ideas novelescas! Julien, mande llamar al médico en cuanto amanezca.
Y se volvió a la cama. La señora de Rênal cayó de rodillas, medio desmayada, rechazando con ademán convulso a Julien, que quería atenderla.
«Así es el adulterio —se dijo—. ¿Será posible que esos curas tan falsos… tengan razón? Ellos, que tantos pecados cometen, ¿tendrán acaso el privilegio de estar al tanto de la auténtica teoría del pecado? ¡Qué cosa más extraña!»
Rojo y negro - Stendhal
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