Tras subir una escalera larga, llegaron a una puerta muy pequeña, pero cuya chambrana gótica estaba espléndidamente dorada. Aquella obra parecía hecha la víspera.
Delante de la puerta se hallaban reunidas de rodillas veinticuatro muchachas que pertenecían a las familias más distinguidas de Verrières. Antes de abrir la puerta, el obispo se arrodilló entre todas esas muchachas, todas ellas bonitas. Mientras rezaba en voz alta, ellas parecían no dar abasto mirando tan preciosos encajes, tan buen temple y ese rostro tan joven y tan dulce. Semejante espectáculo le hizo perder a nuestro héroe la poca sensatez que le quedaba. En esos momentos habría peleado a favor de la Inquisición, y de buena fe. La puerta se abrió de repente. Apareció la capillita, que parecía un ascua. Se veían en el altar más de mil velas divididas en ocho filas que unos ramos de flores separaban unas de otras. El aroma suavísimo del incienso más puro salía como un torbellino por la puerta del santuario. La capilla, recién dorada, era muy pequeña, pero muy alta de techo. Julien se fijó en que en el altar había velas de más de quince pies de alto. Las muchachas no pudieron contener un grito de admiración. No habían dejado entrar en ese menguado vestíbulo de la capilla más que a las veinticuatro muchachas, a los dos sacerdotes y a Julien.
Rojo y negro - Stendhal
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