—Tengo aquí trescientos veintiún aspirantes al estado más santo —dijo por fin el padre Pirard con tono de voz severo, pero no malévolo—; solo a siete u ocho me los han recomendado hombres como el padre Chélan; de forma tal que, entre los trescientos veintiuno, usted será el noveno. Pero mi protección no es ni trato de favor ni debilidad, es un incremento del celo y la severidad contra los vicios. Vaya a cerrar esa puerta con llave.
Julien hizo un esfuerzo para andar y consiguió no caerse. Se fijó en que una ventanita que estaba junto a la puerta de entrada daba al campo. Miró los árboles; esa vista le sentó bien, como si hubiera divisado a unos antiguos amigos.
Rojo y negro - Stendhal
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