martes, 10 de marzo de 2020

Los tañidos tan graves de esa campana no habrían debido despertar en Julien sino la idea del trabajo de veinte hombres que cobraban cincuenta céntimos y a quienes ayudaban quizá quince o veinte fieles. Habría debido pensar en el desgaste de las cuerdas, en el del maderamen, en el peligro de la propia campana, que se desprende cada dos siglos, y cavilar en la forma de pagar menos a los campaneros, o retribuirlos con alguna indulgencia o cualquier otra merced sacada de los tesoros de la iglesia y que no le vaciara la bolsa.
En vez de tan sensatas reflexiones, el alma de Julien, exaltada con sonidos tan viriles y tan rotundos, vagaba por los ámbitos de la imaginación. Nunca será ni un buen sacerdote, ni un administrador competente. Las almas que se emocionan así valen, como mucho, para engendrar un artista. Aquí se revela con meridiana claridad la presunción de Julien. Cincuenta, quizá, de esos seminaristas compañeros suyos, a quienes el odio público y el jacobinismo, que los acusan de estar emboscados detrás de todos los setos, tienen pendientes de las realidades de la vida, al oír la campana grande de la catedral solo habrían pensado en el salario de los campaneros. Habrían calibrado con el talento de Barême si el grado de emoción del público valía el dinero que se les daba a los campaneros. Si Julien hubiera pretendido pensar en los intereses materiales de la catedral, su imaginación, sobrepasando el propósito, habría pensado en ahorrarle cuarenta francos a la fábrica y habría dejado perder la ocasión de evitar un gasto de veinticinco céntimos.

Rojo y negro - Stendhal

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