lunes, 9 de marzo de 2020

Julien no les leía nunca en la mirada taciturna sino la necesidad física satisfecha tras la cena y la espera del placer físico antes de las comidas. Así eran las personas entre las que había que destacar; pero lo que Julien no sabía, y todos tenían buen cuidado de no decírselo, es que ser el primero en las diversas asignaturas de dogma, de historia de la Iglesia, etc., etc., que se estudian en el seminario no era, desde su punto de vista, sino un pecado espléndido. Desde Voltaire, desde el gobierno de las dos Cámaras, que no es, en el fondo, sino desconfianza y examen personal e incita el pensamiento de los pueblos a esa mala costumbre de desconfiar, la Iglesia de Francia parece haberse percatado de que sus auténticos enemigos son los libros. Lo que le interesa de verdad son los corazones sumisos. Salir adelante con brillantez en los estudios, incluso en los sacros, le resulta sospechoso, y con razón. ¿Quién le va a impedir al hombre superior que se pase al otro lado, como Sieyès o Grégoire? La Iglesia, trémula, se aferra al papa como a su única ancla de salvación. Solo el papa puede intentar paralizar el examen personal y, con el pío boato de las ceremonias de su corte, impresionar el pensamiento hastiado y enfermo de las gentes de mundo.

Rojo y negro - Stendhal

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