lunes, 9 de marzo de 2020

Fue por entonces cuando Julien creyó que podría sacarle partido, para que lo considerasen más, al libro del papa del que era autor el señor de Maistre. A decir verdad, dejó asombrados a sus compañeros; pero una vez más fue una circunstancia desdichada. Incurrió en su desagrado al exponer mejor que ellos las opiniones que ellos profesaban. El padre Chélan había sido imprudente en lo que afectaba a Julien de la misma forma que Julien lo era consigo mismo. Tras haberle inculcado la costumbre de razonar atinadamente y no conformarse con palabras vanas, había omitido decirle que, en las personas poco consideradas, esa costumbre es un crimen; porque todo razonamiento acertado ofende.
El buen decir de Julien fue, pues, un nuevo crimen. Sus compañeros, a fuerza de pensar en él, consiguieron condensar en una única expresión toda la repugnancia que por él sentían: lo apodaron Martín Lutero; sobre todo, decían, por esa lógica infernal de la que está tan ufano.

Rojo y negro - Stendhal

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