Esta tremenda crisis moral cambió la naturaleza del sentimiento que unía a Julien y a su amante. El amor de Julien no fue ya solo admiración por la hermosura y orgullo de poseerla.
Su felicidad era ahora de una naturaleza muy superior; la llama que los devoraba fue más intensa. Tenían arrebatos colmados de locura. Su felicidad habría parecido mayor a los ojos del mundo. Pero ya no recuperaron la serenidad deliciosa, la dicha sin nubes, la felicidad fácil de los primeros tiempos de sus amores, cuando el único temor de la señora de Rênal era que Julien no la quisiera lo bastante. Su felicidad tenía a veces el rostro del crimen.
En los momentos más dichosos y, en apariencia, más tranquilos, exclamaba de repente la señora de Rênal, apretándole la mano a Julien con ademán convulso:
—¡Ah, Dios santo! ¡Estoy viendo el infierno! ¡Qué espantosos suplicios! ¡Me los tengo bien merecidos!
Y lo estrechaba en los brazos, pegándose a él como la hiedra al muro.
Rojo y negro - Stendhal
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